martes, 29 de octubre de 2013

los finaos


 Elenita se cansó de vivir en un pueblo remoto, de ser la esposa del boticario y de que todos supieran a donde iba y de donde venía, puesto que la mayor diversión y también la única de las comadres era criticar sin ton ni son a todos los que allí  vivían  o que, por las causas que fueran, por allí pasaban.  Se cruzó en su vida Saulo por casualidad  o quizás lo quiso así el destino  ¿O son la misma cosa? Una mañana  a la  salida de la misa del alba, a la que acudía  para   ahorrarse el inevitable mal humor  mañanero de su esposo, por todo y por nada, no necesitaba motivos y porque al regresar después de alargar la ausencia y entretenerse  en cualquier cosa hasta las ocho, volvía  relajada a enfrentarse con la jornada a sabiendas de que Tormento, su marido, se llamaba Torcuato, pero ella lo llamaba Tormento, ya estaba detrás del mostrador de la botica reidor y feliz como simulaba ser siempre delante de los demás. Pues entonces ese día se encontró con un fotógrafo que cámara al hombro se acerco y le dijo:
“¿Niña, dónde puedo encontrar  al alcalde?”   Elenita abrió los ojos como platos por lo de niña y por la admiración y sorpresa que le produjo la presencia de tamaño mocetón, rubio con los ojos verdes, espaldas de atleta y con una sonrisa que se le desparramaba por toda la cara, y sin dar crédito a lo que veía,  sonrió a su vez y le contestó: “Yo te acompañaré hasta su casa”
Y tanto que le acompañó, pero no sólo a casa del alcalde, porque cuando Saulo había terminado su trabajo de fotografiar el pueblo, para darlo a conocer a través del periódico donde trabajaba y que duró tres días, ella ya estaba convencida de que era el hombre de su vida y él, de que Dios le había puesto  delante a aquella linda morenita, que apenas le llegaba al pecho, para  que abandonara la vida disoluta que hasta entonces había llevado y se recogiera, recomendación que  continuamente le  hacía su madre, además de las de que comiera bien y se abrigara, aunque estuvieran en el mes de agosto.

Se habían conocido el lunes y el viernes, ya se fueron los dos  cogidos de la mano por la calle mayor a las doce de la mañana. Lo habían  convenido así, porque Elena, la boticaria como la llamaban,  quería hacerles un regalo a sus convecinas, quería  que tuvieran motivo para criticar durante todo el fin de semana. Se reía a carcajadas imaginándose lo que se prolongaría la salida de la misa del domingo, seguro que más de una dejaría la comida hecha la noche del sábado.

1 comentario:

Gloria dijo...

La felicidad hay que agarrarla allí de donde salga y los tormentos y comentarios hacerles un nudo y tirarlos lo más lejos posible.
Me gusta como has hilvanado la historia, sus personajes y su moraleja.
Besos felices.