miércoles, 10 de julio de 2013

El Ejido. Ingenio

Hace años, bastantes años, El Ejido era el corazón de mi pueblo, allí había vida a raudales, en apenas un kilómetro, había de todo.
Las carreteras de Telde, Agüimes, Gando y el Carrizal convergían en el Fielato, oficina municipal donde se cobraban impuestos a los vendedores ambulantes, que llevaba Ricardito Boada. Llegando desde Telde, nos encontrábamos la única farmacia del pueblo la de los Limiñanas. Los dos únicos cines: el Universal, de Maximino Díaz, y el cine Moderno, de los hermanos Valerón; luego estaba el bar de Juanito Castellano que tenía como tapas estrellas la pata de cerdo y la garbanzada, en la cocina estaba su esposa a la que le encantaban los niños, que nunca tuvieron, cuando yo iba con los míos, salía enseguida secándose las manos en el delantal y los llenaba de mimos y atenciones. Ella vestía de una manera rara entonces, pero que hoy es habitual: tenía melena, llevaba faldas largas, sandalias y collares que se hacía ella misma. Los dos eran muy respetuosos y educados. Siguiendo por la misma acera, nos encontrábamos con el bar de Pepe “el rico”, que tenía una única tapa: las papas fritas, que como las hacía en una cocinilla de petróleo de esas de fuelle (a años luz de la tecnología punta: vitrocerámicas, inducción, microondas que usamos hoy), tardaba la intemerata en freír una sartenada y allí estábamos, haciendo cola, como que de una exquisitez se trataba, nunca le dio a nadie la receta. El apodo de “rico” no sé de donde le venía, pues no lo era en dinero, aunque si, en sentido del humor y cordialidad. Sólo unos pasos mas allá estaba el bar de Antoñito Rodríguez que tenía un surtidor de gasolina a la puerta y dentro era una especie de café Gijón, a menor escala. Allí se juntaban todas las tardes para echar la partida y la tertulia los médicos del pueblo, que compartían apellido aunque no parentesco, Espino se llamaban los dos, el farmacéutico y el juez .También participaba en esas reuniones mi querido tío Bartolo que era maestro de escuela, escribía versos y tenía una gran cultura, pues desde niño fue curioso y estuvo dispuesto a aprender de todo el que pudiera enseñarle algo. También estaba en El Ejido la única churrería, que tenia la facultad de abrir cuando quería y cerrar cuando le daba la gana, no tenia horario. Luego, estaba la también única dulcería de Conchita, la de los galgos, llamada así porque era ella la que vendía los boletos para las carreras de los susodichos y, puerta con puerta, estaba el bar de Pancho López, su esposo, que tenía como tapa estrella la ensaladilla y manises con pan bizcochado. Conchita me enseñó a hacer la mayonesa batiendo un huevo y añadiéndole el aceite gota a gota y la paciencia a chorros.
Junto al Fielato estaba Manuel, el barbero, que también sacaba muelas y ponía ventosas a los que enfermaban de pulmonía. Casi al lado, estaba la perfumería de Anita, que vendía de todo, que yo recuerde, además de perfumes. Un poco más allá estaba la oficina de correos que llevaba Pepito, el del maestro Leandro y también estaba Aurelita la veguera, que hacía de encargo unos mazapanes y bizcochos lustrados buenísimos, para regalar a los maestros, a los médicos o a cualquier otra persona que se deseara agasajar. También había en ese escaso kilómetro un zapatero, un estelero, tres tiendas de ultramarinos, como entonces se decía, y más cosas que no cuento porque harían de este escrito un libro. Pues allí, en el corazón del pueblo había gente a todas horas, desde las seis de la mañana, los agricultores y los obreros pues allí los recogían y ellos aprovechaban para echarse un roncito antes, las personas que tuvieran que viajar a Telde o a Las Palmas para coger el coche de hora o el pirata. Este modo de viajar consistía en que, en primera línea y bastante separado de los demás, se ponía un coche y ahí estaba hasta que llegara gente para llenarlo, así que, tuvieras tú la prisa que tuvieras, hasta que no estaba de bote en bote no salía, dejando su lugar al siguiente. También llegaban por la mañana las barqueras de Gando, que eran bulliciosas y pregonaban a gritos su mercancía, y claro, acudían también todas la mujeres que querían hacer un caldito de pescado, unos salmonetes fritos o cualquier otra cosa que ellas trajeran, lo de Arguiñano y otros hombres que cocinan también es tecnología punta. Por allí también pasaban todos los días, hasta cuatro veces, cientos de mujeres que trabajaban empaquetando tomates en el almacén de Bonny. Iban cogidas del brazo de tres en tres o de cuatro en cuatro, armando una algarabía tremenda y un remolino de colores. En El Ejido, también vivía mi familia y desde mi balcón fui testigo de todo ese bullicio y animación. Por la tarde, bajaban las gentes al cine, los jóvenes a pasearse, llegaban a montones los militares de la base aérea de Gando a conocer chicas bonitas y las encontraban, pues después del casi cautiverio del cuartel, todas les parecían preciosas. Pero hace poco llegue a mi EL Ejido y el mundo se me vino a los pies, está muerto, abandonado, no vi ni una sola persona cuando camine por aquel antaño bullicioso lugar, me pareció que sólo faltaba ver avanzar por la carretera las hulagas polvorosas, esas que vemos en los pueblos abandonados de las películas viejas del Oeste. 
Ya sé que los políticos anteriores y actuales han hecho muchas cosas buenas por mi pueblo pero ¿Y El Ejido? ¿Qué pasa con él? ¿Por qué esta muerto?

1 comentario:

Olga Margot dijo...

Ayud Conchi! Yo conocí El Ejido tal como lo describes, y mira....¿qué ha pasado? A mi también me gustaría saberlo, pues yo trabajo en Telde y... ¿Qué ha pasado en El Ejido y todo lo demás? Si lo averiguas Conchi, dímelo. Besos fuertes.