viernes, 7 de diciembre de 2012

Padres.



Tomás y Angélica esperaban al cartero desde la amanecida, hoy tocaba, solo venia cada quince días, lo abrupto del terreno y la distancia del pueblo lo justificaban.
Esperaban carta de su niña.
La niña de sus ojos vivía en Madrid, era notario.
Ellos habían trabajado como locos toda su vida entre aquellas montañas, sin fiestas, casi sin respiro para que ella tuviera un acomodo como ellos decían.
Hoy era un día muy especial, sin decírselo a la niña los dos habían estado asistiendo a clases de analfabetos , con setenta años ella y setenta y cinco él, con la misma ilusión que si tuvieran veinte estaban dispuestos a escribirle ellos por primera vez.
Ya hacia meses que leían las de ella. letra a letra y subrayando lo que no entendían para llevárselo a la maestra, pero locos de contento, por fin ellos sabían primero que nadie lo que su hija les  quería decir.  Con el cartero por testigo escribieron los dos el  mismo texto
Querida hija, te estamos escribiendo nosotros, tu padre y tu madre, ya sabemos, ya podemos, te lo contaremos cuando vuelvas.

3 comentarios:

Gloria dijo...

Sin duda una historia de superación y donde nos demuestras que la edad no importa para llevar a cabo todo aquello que nos propongamos por muy dificil que parezca.
Ha sido un placer encontrar tus historias, Conchi,de las que sin duda seguiré disfrutando, me quedo por aquí leyendo un poquito más.
Saludos desde Tenerife y tedejo enlace de mi espacio para cuando gustes.
http://gofioconmiel.blogspot.com.es/

pancho dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
pancho dijo...

Me gustó. Yo enseñé a leer y escribir durante la mili a un famoso luchador de otra isla. Quizás de lo más enriquecedor que haya hecho en mi vida.