domingo, 29 de marzo de 2009

Antes, en tiempos de Franco

Antes, en tiempos de Franco, se premiaba a los matrimonios que tenían veinte hijos o más, se les regalaba una casa y creo que también les daban algo de dinero. Incitaban a la maternidad. Decía Pilar Primo de Rivera, en sus discursos, que había que enseñar a las mujeres a cuidar a sus hijos porque no tendría perdón que, por ignorancia, murieran tantos niños que son siervos de Dios y futuros soldados para España. De esa época es la película “La gran familia” que todos los de una edad hemos visto y que cantaba las excelencias de una casa llena de niños, padrinos, sobrinos y demás familia. A las madres, que hoy con uno o con dos hijos, están todo el día de la seca a la meca, sin tener tiempo para nada e incluso a las que tuvimos seis, el tener veinte hijos nos resulta increíble, a mí por lo menos, creo que malamente tendrían tiempo de contarlos y de hacerles de comer, ¿cómo lo harían?. Y ya de vestirlos ni te cuento. Cuando Gando era un idílico pueblo pesquero y no la Base Militar que es hoy. A los pobres barqueros los echaron de sus casas, del lugar donde habían nacido ellos y sus padres, los desterraron a las Puntillas, cerca, pero no junto al mar. Sé de algunos que se murieron de pena, otros atropellados porque ellos, que estaban acostumbrados a la más absoluta naturaleza, de pronto se encontraron que las casas que les habían “regalado” estaban situadas a ambos lados de una carrera y ellos, pobrecitos míos, no habían visto más coche que el de hora, que cogían cuando por enfermedad o por otra causa mayor tenían que ir a Las Palmas.
Como les decía, en ese tiempo, que tengo grabado en la memoria como tiempo feliz en que todos los canarios que quisieran podían entrar y salir de Gando como si fuera nuestro, porque era tan nuestro como Las Canteras o Maspalomas hasta que vinieron los señores de la guerra. Pues en ese tiempo vivía allí una de esas familias “supernumerosas” y, contrariamente a lo que pudiera suponerse, vivían contentos y felices.
Claro, tenían dos cosas a favor: que por el clima estaban todo el día en la playa y que ropa no usaban mucha. Yo no lo sé, pero siempre pensé que por la noche la ponían toda en un mismo montón y, según se levantaban, iban cogiendo una pieza, que era a lo que tocaban, independientemente de tallas y colores. Primero se gastaban los pantalones y ya al final sólo quedaban las camisas, por lo que no era nada extraño ver a un galletón, como se decía entonces, con una parte de arriba chiquitita y sus partes pudendas expuestas al sol y a la brisa marina. A los veraneantes no nos extrañaba por la costumbre, pero una vez que el cura de Telde vino a pasar el día a casa de los Verona se escandalizó todo y fue en busca del padre para decirle que esos niños tan grandes no podían estar en cueros, él lo escuchó muy respetuoso y luego le dijo: “Hasta corbata estoy dispuesto yo a ponerles, señor cura, si usted los viste porque yo bastante hago con darles de comer”. El señor cura por lo menos se fue con la promesa de la madre de que ya estaría ella más pendiente del reparto de ropa mañanero para que los mayores se cubrieran la parte baja de su anatomía y los más pequeños la parte alta.
La disciplina y la educación también la llevaba el padre a rajatabla, no podía ser de otra manera. Un día todos pudimos ver al mayor de los hijos tendido, cuan largo era, boca arriba, a su padre sentado encima, que mientras le arreaba tremendos cachetones, le decía: “fuerzas tienes, pero tu quiebras” y quebró porque si no lo mata. Bueno no hubiera llegado la sangre al río porque el padre era un hombre bueno y el río estaba muy lejos, pero de algún medio se tenía que valer para meter a viaje a esa prole.
Recuerdo a los barqueros de Gando y sus familias como si fuera ayer cuando conviví con ellos. Me acuerdo de las tiendas que había: la de Pepito Bartolo que estaba al lado de la casa de Modestita y donde todos los años se metía el mar en las mareas del Pino
en septiembre; la de Juan Peña, que tenía una hija de mi misma edad y tan mata perras como yo, era mi compañera de juegos y se llamaba Saro de Los Canelos, que eran unos chicos y una chica muy guapos y muy morenos, de ahí les venía el apodo. También recuerdo a Amalia y sus hermanos, a Aguedita y su familia, a Jobita y los suyos, en fin que podía hacer un censo pero no es la ocasión.
El padre de esa “superfamilia” era barquero y la pesca ya se sabe que no es un sueldo a fin de mes, pero ellos no estaban nada desmejorados, o sea, que hambre no pasaban y se les veía felices.
Mª Concepción Hernández Romero.

Cosas

Todas las tardes, si el tiempo me lo permite, el clima y el otro, el que se cuenta por horas, salgo a caminar por la Avenida Marítima y pienso que si continúo haciéndolo durante un largo tiempo, habré adquirido los conocimientos necesarios para acceder a un “Master” en sociología o conocimiento humano. Oír las conversaciones al paso, ya sean telefónicas o en directo, y observar muchas otras pequeñas cosas, incluso la forma de andar de cada uno, da detalles, a ellos y a mi, de la forma de ser y comportarse de cada uno.
Pero lo que de verdad me tiene intrigadísima, es un hecho que se produce todas las tardes. Paso a relatarlo.
Aproximadamente a la misma hora y en un mismo sitio, llega un coche con una pareja, para y durante un ratito se hacen arrumacos y se dan besitos de despedida, ella baja, él parte mientras ella le hace adioses con la mano. Pasados escasos minutos se repite la escena a la inversa. Llega otro chico en un coche, para, ella lo saluda efusivamente, sube, otra vez cariñitos y ternuras, y se van. Y yo me quedo pensando todos los días: ¿De que cálculos se valdrá? ¿Cómo los citara? Para que estando el trafico como está en Las Palmas y, sobre todo, a esa hora, no coincidan nunca.

lunes, 16 de marzo de 2009

microrelatos

Se encuentran en la calle, la una, en mejor posición económica, con un “lifting” y otros retoques en su haber; la otra, con una economía más modesta, al natural, dice:
—¡Qué bien estás!, ¡qué guapa!, ¡qué joven...! ¿Cómo es posible, si en el instituto solíamos tener la misma edad?

----
A cualquier cosa llaman soborno, hay que documentarse bien antes de opinar. El contratista X le quería regalar un precioso deportivo al político Y este, muy ofendido, le dijo:
—¿Cómo se atreve?, todavía quedamos políticos honrados, ¡qué desfachatez…!
—Bueno, podemos llegar a un acuerdo, ¿qué le parece si se lo vendo por veinte euros?
—¡Ah, entonces no hay inconveniente, mándeme dos, por favor!

domingo, 15 de marzo de 2009

Pinito

Nadie sabía la edad de Pino. Vivía en lo alto del pueblo con su hija Carmen, más parecían hermanas que madre e hija. Tal era así que una vez Manuel el sacristán le preguntó: Oiga Pinito, ¿qué edad tiene su hija Carmen?. Ella, después de pensarlo un rato dijo: Yo creo que mi hija Carmen y yo somos de la misma edad. Yo me acuerdo de estar sin mi marido, sin mi hijo Blas, sin mi hijo Tomás, pero nunca sin mi hija Carmen, si somos de la misma edad.
Ella pensaba que el pueblo era suyo. Llevaba tanto tiempo allí y todos la querían y respetaban. Lo mismo cogía una fruta de una cesta que estuviera a mano que entraba en cualquier casa y pidiendo un “buchito” de café a gritos desde el patio, o se metía en una discusión familiar para dar su opinión, pero nadie se molestaba por eso, es más, la tenían en cuenta.
Ella le quitaba importancia diciendo: sabe más el diablo por viejo que por diablo y yo soy de las más viejas del pueblo.
Salía todos los días temprano con un pañuelo en la cabeza, la pañoleta y los brazos cruzados sobre su hermosa barriga. Recorría el pueblo más de una vez. Vivía cerca de la Iglesia y bajaba hasta el Ejido, parándose cada vez que tenía ocasión de hablar con alguien. Entre grandes risas explicaba su paseo mañanero. Fíjate muchacha, si “me queo” en mi casa, tengo que ayudarle a Carmen con los quehaceres, y a sabes que siempre hay una “tonga” de cosas que hacer, por eso, “más na” que me arreglo, me echo a la calle que me gusta más y no vengo hasta la hora de comer. Los paseos de Pino eran como el Sol, todos sabían que más tarde o más pronto aparecía y la esperaban.
Era la encargada de hacer los mandados. Pino, dile a mi comadre Josefa que venga a ayudarme a descamisar las piñas. Pino dile a Salustiano que el domingo cogemos las papas, que vaya a comerse un sancocho y a echar una mano de paso. Pino, pregúntale a Aurelita si puede hacerme unos bizcochos lustrados para el día de la maestra.
Ella era también la encargada de repartir los chismes por todo el pueblo, pero eso si, sin mala intención. Sólo era parte de su cometido como gacetilla local. Si alguien se adelantaba con un cuento, siempre había quien decía: “pues a mi Pino no me ha dicho nada, mañana se lo pregunto”.
Sabía quién se iba a casar, quién se había muerto. Bajaba por la Bagacera hasta el Ejido donde siempre tenía el encargo del Practicante de comprarle unas viejitas frescas si venían las barqueras de Gando. Luego subía por la calle de adelante hasta la Cartonera. Allí se sentaba en una piedra para hablar y reír con las mujeres que estaban lavando la ropa. Nunca tenía prisa, ¿para qué?. En la acequia se cargaba de chismes que repartía al día siguiente por todo el pueblo.
Eso sí, Pino era una buena mujer y siempre lo justificaba todo. Cuando le contaron que un señor del pueblo tenía una querida y que esta era una mujer frescachona y ocurrente a la que la vida le parecía un regalo
inmerecido y que por tanto disfrutaba cada minuto como si fuera el último. Se puso muy seria y dijo: claro mujer, tiene que ser así. Si la mujer de el, no fuera tan estirada que parece que se ha tragado una firga y no se mueve ni se ríe, no valla ser que se le pinche como si fuera un pulpo. Pues eso, si no fuera así su marido, tan simpático y tan listo, no hubiera tenido que buscar a otra que le hiciera la vida más llevadera, que le hiciera olvidar todas las miserias que ve todos los días y que se sabe incapaz de solucionar.
Es más, dijo Pino, yo creo que ellos dos se meten en la cama sólo para reírse, para descargar las tensiones de todo el día sólo que una vez allí ya sabes, ella es tan guapa y tan buena moza y el tan joven y bien dotado y la carne es débil ¡¡ y que carajo !!. Que disfruten ahora que pueden que luego el tiempo pasa y un día se dan cuenta que donde hubo ya no hay. Y entonces será tiempo de añoranzas, de caricias y de ¿te acuerdas cuanto?. Hay mis hijos, cuándo se dará cuenta la gente de eso !
Los jóvenes también la querían, no en vano era alegre y bulliciosa como ellos. Cuando Eduvigis le contó asustada que se había enamorado de su primo, ella le dijo: “ en ningún sitio está escrito que los primos no puedan quererse, y si está escrito, se borra. Porque si está escrito que todos los hombres son hermanos y se pelean y se matan entre sí como perros. Así que yo hablaré con tus padres y si se ponen burros les recordaré algo de su mocedad, que algo malo digo y que habrá y si no hay me lo invento. Que Dios sabe que hay mentiras por maldad y mentiras por necesidad y estas las perdona, que bien sabe Él que yo de las otras no digo ni una, pero de estas las que haga falta.