martes, 26 de febrero de 2013


Las Giras

Estaba yo pensando lo que digo muchas veces, lo distinto que era todo cuando los de mi quinta éramos niños. Entonces hacer una gira, como entonces se decía, a la playa para pasar parte del día había que prepararla con por lo menos una semana de antelación, dicha semana era para nosotros días de alegría y de ilusión.
En mi casa había la costumbre de ir a pasar el día de la Raza a la playa de Ojos de Garza, que dicho sea de paso nunca supe por que le habían puesto un nombre tan bonito a un lugar tan poco agraciado, y no digo feo, porque son palabras mayores y seguro que mucha gente no piensa lo mismo. Las familias de Ingenio veraneábamos en Gando, pero para los días sueltos íbamos a Ojos de Garza por la única razón de que el coche nos dejaba allí, no llegaba a Gando.
La noche anterior no dormíamos por miedo a que se nos escapara el coche de hora de las seis de la mañana. Este coche cuando venía de Las Palmas paraba en el Ejido, frente a mi casa y luego subía hasta El Cuarto, mientras subía y bajaba teníamos que sacar todos las cosas que habíamos preparado que eran innumerables porque en la playa no había ni donde comprar un fosforo, pan, fruta, agua, la comida que se había estado planeando durante días, algo de enyesque, bebida para los mayores y Clipper de fresa para los niños, el termo con el café, las tazas, las cucharitas, el azúcar, en fin, de todo. También había que llevar la gueldera para poder pescar nosotros, las cañas y atarecos para mi padre , un balde para la pesca, la vara para coger morenas por si la marea estaba baja, cuchillos para mariscar, la fisga por si los pulpos, algo para coger erizos y nada de cremas solares, que no se conocían, ni bronceadores, ni hamacas, ni la nevera esa azul que hoy tiene todo el mundo, ni zapatillas para el agua, nosotros nos quitábamos el calzado al llegar y nos lo poníamos cuando ya estaba todo recogido después de meternos en el agua para quitarnos la arena. Esa especie de despedida con el agua y la arena la prolongábamos todo lo que podíamos.
Cuando llegábamos a la playa, locos de contento, alguno de nosotros, libre de paquetes, corría delante para coger un buen solapón por la parte rocosa de la playa, entre Ojos de Garza y Los Rajones, y tomaba posesión de la manera más ostentosa que pudiera, no dejando la más mínima duda de que nosotros habíamos llegado primero. Entonces quitábamos las piedras que pudieran estorbar a la hora de la siesta, luego barríamos con una escoba de palma, que también habíamos llevado, baldeábamos con agua del mar y cuando ya estaba como los chorros de oro, sentábamos nuestros reales. Por cierto ¿alguien ha visto los chorros esos? No, yo por informarme. Pasábamos un día maravilloso del que estaríamos hablando otra semana y a media. Por la tarde, a recoger todo otra vez y corriendo a ponernos en la carretera a esperar el coche de hora, aunque sin los nervios de por la mañana porque sabíamos que Remigio, el conductor que también nos trajo y tenía trece hijos, no nos iba a dejar allí, nos esperaría un rato si fuera necesario. Él, que era muy bromista, decía que cuando llevaba a su esposa Cesarita y a su prole a alguna de esas giras, que también podían tener otro destino, antes de poner el coche en marcha para regresar, pasaba lista no se le fuera a quedar alguno en tierra con el barullo.
¿Y qué hace falta preparar hoy si se te ocurre ir a pasar el día a la playa? Yo te lo diré, nada, absolutamente nada, allí donde vayas habrá de todo. Los bañadores, tu coche que lo tendrás a la puerta o en el garaje, las toallas y la tarjeta de crédito, eso es todo lo que necesitas. Con la tarjeta podrás comer, echarte el aperitivo y hasta comprarte una caña de pescar, o mejor aún, ni te molestes, cuando decidas regresar pásate por alguna superficie comercial como se dice ahora y cómprate un par de hermosas viejas, fresquitas. Todo eso contando con que puedas mover a tus hijos de delante del televisor o la videoconsola y llevártelos contigo.
Pero la ilusión de los preparativos, la espera del día deseado, el participar todos en todo, la alegría y las canciones en el coche de hora, la emoción de bañarte en el mar después de meses de desearlo, eso, eso se ha perdido.

3 comentarios:

Anónimo dijo...



Me encantan Conchi, tus historias de mar.

Patricia

Olga Margot dijo...

Tienes razón Conchi. Se ha perdido, pero yo tengo la suerte de haberlas vivido. Muy bonito y nostálgico. Besos

pancho dijo...

Como se dice hoy: ¡Una gozada leer sus escritos! Tiene usted la virtud, doña Concha, de trasladarme al lugar. Acabo de pasar un día en la playa de Gando. Dios le guarde la memoria para seguir describiendo con tanta nitidez los detalles de esa forma de vivir nuestra juventud, especialmente sorprendente los nombres de los útiles para la captura de peces, morenas, pulpos, erizos, etc. Saludos