domingo, 30 de septiembre de 2012

Cosas


Hoy tengo ganas de contar cosas de mi infancia, de mi juventud , de aquellos otros tiempos que quizás no supe valorar y disfrutar más, de mi casa, de mis padres de mis hermanos, cuando fueron mi hoy y no mi ayer.
Mi padre tenia una tienda de zapatos y separada de ella por el marco de una puerta sin puerta tenia una tiendita de las de antes, de ultramarinos, las llamaban  así, podía atenderlas las dos a la vez.
Lo llamaban  Juanito Maria y a mi madre, que era maestra ,la llamaban doña Concha.
En la tiendita había de todo. Quesos buenísimos, nunca he vuelto a encontrar otros tan sabrosos,  Conserva de guayabas “Conchita” galletas y galletotes “Tamarán”,La diferencia estaba en el tamaño.  Vinos y licores ,Licor cuarenta y tres, licor de plátanos,   anís, ron, coñac Terry malla dorada  y poco más, ,Café,  Azúcar, Judías, lentejas, Sacos de millo que las mujeres tostaban en una especie de paelleras grandisimas que habían en el molino de Valeron dándole vueltas con una escoba especial para ese menester. Pan bizcochado…   Una máquina que despachaba petróleo que era el combustible que entonces  se usaba para cocinar en unas cocinas redonditas con el depósito del petróleo debajo y malamañás  para encender.  Que se tupían cada dos por tres y  hasta había un  destupidor  para subsanar este desastre cotidiano  que podía hacer la elaboración de la comida interminable. Otra máquina para despachar el aceite.  Hace un par de años vi una de esas  cocinas en casa de una amiga, de adorno claro y me alegré como si hubiera visto a un familiar.Yo es que soy así de sentimental y no lo puedo evitar, tampoco quiero.
Aparte de la alimentación, había  en la tienda un simulacro de bar,una esquina del mostrador donde se servia ron en unos vasitos que tenían una rayita roja que no se si servia de medida o de adorno y las tapas eran  ,aceitunas, queso duro que le traían a mi padre de Pajonales.  Pejines que  se calentaban el un plato con un poco de alcohol, manises tostados y con cáscara. El hielo y las neveras estaban a años luz.  Yo nada más que entraba, pasaba bajo el mostrador por que era tan chica que no necesitaba levantar la tapa y me iba derecha  al barril de las aceitunas, cogía un cucharón de madera con agujeros que allí había,lo sacaba lleno y me las comía en un santiamén. Las prefería a cualquier golosina que también las había.
A la hora del medio día, acudían  los parroquianos y amigos a por los piscos  y a por la charla familiar, amena y respetuosa. Mi padre que era rematao de bueno,  le daba fiado a todo el mundo  y luego se las veía y se las deseaba para cobrar.
Aparte, como ya dije, estaba la única tienda de zapatos del pueblo, y claro allí acudían todos para los zapatos de la primera comunión, las bodas, las fiestas de San Pedro y la Candelaria, para todo. Pero a diferencia de las zapaterías de ahora ,nadie llevaba dinero solo una libretilla donde mi padre les apuntaba el importe de la compra y luego a esperar que pasaran por allí a dejar algo a cuenta y ya en el peor de los casos eran mis hermanos mayores los que aprovechando los domingos por la mañana o mejor dicho desaprovechándolos, como  decían ellos, tenían que ir casa por casa cobrando.
Una muchacha de entonces me contó hace poco que una víspera de la fiesta del pueblo, la Candelaria, a pesar de que en su casa le habían dicho que ese año los cuartos eran pocos  y no habría estrenos, ella que conocía el buen corazón de mi padre se acercó por la tienda y empezó a dar vueltas mirándolo todo, hasta que él le dijo ¿Quiere algo Esperancita?. Ocasión que aprovechó ella para  contarle lo triste que estaba y lo que le había dicho su madre.  Mi padre le sacó unos zapatos  preciosos que había en el minúsculo escaparate, ella me los describió con pelos y señales como si los estuviera viendo  y le dijo” pruébeselos “no, no, dijo ella,  si mi madre no me deja, mientras se apresuraba  a ponérselos
¿le gustan, le quedan bien? Pues lléveselos y estrene mañana, que el año que viene no sabemos que puede pasar, y dígale a su madre que no se apure que la libreta lo aguanta todo pero que  estos son de regalo.
Tengo que decir que el  padre de la chica era amigo personal de mi padre e imprescindible a la hora de los piscos , de las charlas y de las interminables horas de pesca que se echaban los dos  en Gando y sus alrededores.

5 comentarios:

pancho dijo...

¿Usted se acuerda si se vendía Visnú? Una leche para la cara de las mujeres. Era como polvos, pero en líquido. Se les quedaba la cara blanca.
Y Veganin, Veramón Okal y Calmante Vitaminado?
Saludos doña Concha, como verá le sigo con interés.

Anónimo dijo...

Historia de hace 50 años o pizco más, nostalgia a flor de piel, recuerdos de un ambiente distendido, ameno, cordial y familiar, gente buena, respetable y respetuosa, que se adptaban perfectamente al entorno y a las circunstancias, buen humor, bromas, pizcos de ron, alguna guitarra por la noche y algún lanzado que se arrancaba por folías o malagueñas.
Agradables recuerdos que nos trae Conchia de vez en cuando, con su habitual naturalidad y simpatía.
Enrique

Anónimo dijo...

Pancho si que me acuerdo del veramón, Okal y calmante vitaminado. Y como una barquera de Gando pasó un día al terminal su jornada pidiendo un par de okales para su padre que se asustó mucho por que casi lo coge un coche .Creían firmemente que el Okal era la panacea universal
Gracias por sus comentarios.

Anónimo dijo...

Primo, tus comentario llenos de cariño como siempre y de saber hacer

Olga Margot dijo...

Concha, ¡qué recuerdos los de aquélla época! Con tus relatos nos haces retornar a un pasado lleno de nostalgia y maravillosos recuerdos. Y...¡por supuesto que recuerdo el "Okal", "Calmante vitaminado" y "Visnú", aunque éste último secaba mucho la piel. Besos.