jueves, 29 de diciembre de 2011

Duelos



Los duelos en ese tiempo y en estas tierras, eran muy parecidos a una fiesta. Don Juan el médico del pueblo, decía pasados treinta años, que nunca se había alegrado tanto ni había comido tan bien, como en el velatorio de su abuelo. Era un acontecimiento social, venían los familiares de fuera, traían a los niños para que los viera la familia y para que éstos conocieran a sus primos nuevos.

Cada uno traía algún manjar, para lucirse y por que sabido es, que los doloridos no están como para meterse en la cocina y alimentar a una tropa.

Incluso era frecuente tener una ropa para los duelos o comprarse algo y reservarlo para esos acontecimientos. La gente humilde del pueblo traía también obsequios, sobre todo tabletas de un chocolate negro y duro que era el que había entonces, natillas, muchas natillas que rápidamente había que repartir entre los vecinos para que “no se echaran a perder” huevos, leche y gallinas, muchas gallinas, hasta el punto que había que habilitar un sitio para ponerlas.

Pero no todos los duelos eran iguales, no era lo mismo el de un jóven o un niño que el de una persona mayor en cuyo caso el ambiente festivo crecía.

Pues era la ocasión en que se veían todos los conocidos y se preguntaban por todo y por todos, sobre todo en la cocina, ésta era la zona mas lúdica de la casa, por que solía estar más lejos del dormitorio donde se velaba al muerto, y allí se contaban chistes, sucesos, chismes y contínuamente durante la noche se repartían copas de anís o de coñac , café, tisanas, hierba Luisa. Con lo cual el jolgorio iba creciendo sin que se dieran cuenta, hasta que en más de una ocasión alguien tenia que venir a mandarlos a callar

Unos personajes imprescindibles en todos los duelos, eran las amigas y vecinas, que de pronto se volvían muy activas y serviciales y querían hacerlo todo, pedían prestadas las sillas de todo el vecindario, paños negros para tapar los espejos, tazas para el multitudinario café, vasitos para el anís, iban incansables de un cuarto a otro de la casa ,preguntando si alguien quería algo, llevándoles tazas de tila a los familiares del difunto, y repartiendo innecesarios consejos, si lloraban les decían “no llores más mujer que ya está descansando, ya dejo de sufrir” si estaban calladas y tranquilas les decían “llora mujer, llora y desahógate”

Uno de estos duelos fué el de la madre del boticario, señora muy mayor y que llevaba mucho tiempo impedida ,pero que desde su gran cama de matriarca dirigía la casa y hasta las tierras familiares, y sobre todo controlaba al detalle a su nuera, el alivio de ésta fue tal, que a partir de las tres de la mañana, los chistes ya no se oían solo en la cocina, sino que en el cuarto donde estaba la difunta, después de unas cuantas visitas de las activas vecinas con su carta de licores, los presentes pudieron ver, como la nuera no se limitaba a reír dé los chistes, sino que palmoteaba y hasta se echó una pequeña siesta encima del cajón de la muerta, se lo pasó de bien como nunca en su vida, aunque al día siguiente todos, comentaran, que en el silencio de la madrugada, las risotadas de la casa entera se oyeron en todo pueblo.

2 comentarios:

pancho dijo...

Dicen que recordar es volver a pasar las cosas por el corazón.
¡Qué duelos aquellos! Mi madre enseguida me mandaba a llevar el paquete de café, envuelto en papel de tienda, advirtiéndome que se lo diera disimulado a la vecina. También que le dijera que enseguida llevaba la sopa.
Ahora tenemos velatorio, tanatorio, crematorio, etc, el caso es quitárselos pronto de encima.
Saludos

Juan dijo...

La tertulia seguía bastante animada en el entierro, a lo largo del trayecto desde la casa del difunto hasta el cementerio.

Un abrazo.

Juan Antonio