martes, 20 de septiembre de 2011

Playa

Ayer, mientras estaba sentada en la arena de las Canteras, por Playa Chica, pude observar varias situaciones que no por repetidas dejan de ser graciosas.
Una abuela de unos sesenta años, se multiplicaba por tres para atender y cuidar a dos nietas, una de cinco años y otra de dieciséis meses.

Las edades no las supe por iluminación divina, sino porque a pocos minutos de mi llegada, ya había entrado en franca conversación con la abuela y al cuarto de hora ya sabíamos tantas cosas la una de la otra, como si hubiéramos nacido puerta con puerta. La señora era de las mías, de las que piensa que Dios nos puso en el mundo para comunicarnos los unos con los otros, por lo tanto, comuniquémonos. La pequeña era tan inquieta, que para que la abuela le pusiera crema protectora, yo la tuve que sujetar tipo camisa de fuerza, mientras ninguna de las dos quitábamos ojo a la de cinco años, que en cualquier familia podía ser la pequeña pero que en este caso era la mayor, con todas las complicaciones y pérdida de derechos obtenidos que la progenitura conlleva, pues eso, la hermana se comportaba como lo que era, una niña  pequeñísima de cinco años que no le teme a nada, que  se mete marea adentro como si estuviera en el cuarto de estar de su casa y que cuando un vecino de toalla quiso ayudarnos, metiéndole miedo, y le dijo no te metas más que hay medusas, ella sacudiéndose el pelo y mirándonos para saber si contaba con nuestro apoyo dijo: “No hay y además se llaman “aguas vivas”, no pelusas”. Una de las cosas que me dijo la abuela  con aire soñador y como si en ese momento estuviera en el Tíbet, fue: “¡Es que a mí me gustaba tanto la playa porque yo nací en la Puntilla! Nos miramos de  abuela a abuela y  yo le dije: “Peor que no tener tiempo ni para saber que estas en la playa, es no tener nietos que cuidar o tenerlos lejos como yo”. Nos separamos, no sin que yo le preguntara antes: “¿Y tú, vienes siempre por aquí?” Buscaba un reducto para cuando la añoranza de mis nietos me asalte con más virulencia.

Unos metros más allá estaba una madre joven con dos gemelos, con los que luchaba a brazo partido para que se comieran una  papilla, que sería muy alimenticia y seguro que hecha con todo el cariño del mundo, pero que de verdad tenía un aspecto ciertamente poco  apetitoso. Entonces pasó un ruidoso helicóptero y uno de los niños, que por su edad no estaba muy al tanto de las distintos nombres de los aparatos voladores, empezó a manotear y a decir a gritos: “Avión, tráeme  un hermanito, avión, tráeme un hermanito”  Al mismo tiempo la mamá, con una mirada furibunda y como si de verdad creyera  que el inocente mensaje podía aumentar la natalidad en su familia decía: “Avión ni se ocurra, ni se te ocurra”. Yo mientras, sonreía  con el  aplomo y la seguridad del que sabe que la vida es una montaña  y que para bien o para mal, más para mal, tú ya estas arriba y ellos  aun tienen que  escalar laderas. Seguí  mi exploración playera y me encontré con tres adolescentes, uno de ellos me pregunto la hora y yo se la  di, no sin antes contarle que esa misma mañana le había pegado tremenda “estallaera”  contra la pared, y “miren como se me quedó” A lo que los tres contestaran a coro que: “lo que importa es que siga andando”, mientras  sonreían de oreja a oreja. Como me sentí acogida me senté un rato y  tuve ocasión de aprender algunas cosas  de ellos. A todo esto ya era casi la una,  extendí la vista y  vi que la población humana y la de cacharritos de plástico,  aumentaba por minutos por lo cual me despedí de mis nuevos amigos Yeray, Josué y Francis y cogí camino para mi nido vacío.


1 comentario:

Moisés dijo...

Uff, la playa, Conchi, ¡cuántas historias tiene la playa!