viernes, 19 de febrero de 2010

¿Y las tapas?

Sean  de TupperwareÓ de Rocasa o de Ikea, el destino es el mismo, se esfuman, desaparecen, es un misterio similar al del Triángulo de las Bermudas. Y no me pasa a mi sola, en todas las casas de mis familiares hay un montón de cacharros de esos, pero ninguna tapa. Yo ahora, los compro de esos de uno pieza, pero entonces se me pierde el cacharro entero, es luchar contra los elementos. Es como si estrenas algo de ropa: una camisa, un pantalón, una falda... y te lo manchas,  ya se te mancharán siempre que te lo pongas, pregunten, pregunten y verán que eso también pasa siempre.

¿Y lo de no encontrar las gafas de leer? Bueno, a lo mejor eso sólo me pasa a mi. Muchas veces, he pensado que si me tocara la lotería compraría cien pares de gafas y las repartiría por todos los cajones y muebles de la casa, para no tener que pasarme la vida buscándolas. Los que no me conocen pensaran:  ¿Por qué no te las cuelgas al cuello con un cordón? Pues porque entonces sería peor, porque me gusta mucho la cocina y me paso allí muchas horas, y si las llevase colgadas se podrían encontrar en sus cristales desde un pedazo de pimiento o un puñado de arroz hasta una vieja de cuarto y mitad.

Mi madre también  las usaba para leer y nunca hablaba por teléfono sin ellas, apenas sonaba nos ponía a todos a buscarlas. Muchas veces, las llevaba al cuello con un cordón, se lo decíamos, se las ponía y, ahora si, ahora ya podía hablar tranquila.

Supongo que alguno de ustedes se acuerda de cuando los teléfonos ni siquiera eran directos, solían estar colgados de la pared y eran negros, enormes y feos. Para hablar con alguien, tanto si estaba al doblar la esquina como en la Península, tenías que llamar a la central y esperar, unas veces un rato y otras, unas horas. No se de qué dependía la tardanza, pero yo siempre pensé que estaba en relación directa con el grado de amistad que te unía a la centralista. Eso tenía sus inconvenientes y sus ventajas.

Recuerdo que una vez, estando mi madre operada en la clínica Santa Catalina, me llamó mi hermana mayor para decirme cómo estaba y para que les llevara unas cosas que necesitaba. Al poco de colgar me di cuenta  de que no recordaba todas las cosas que me pidió, entonces llamé a la centralita y pedí que me pusieran con la clínica, ese era el protocolo que había que seguir; la telefonista, una buena persona conocida por todo el pueblo, me dijo: Pero mi niña, si hablaste ahora mismo- Si-le conteste yo- pero es que no me acuerdo de lo que me dijo- Ella muy cooperativa me dijo: -A ver, apunta, apunta, te dijo que tu madre estaba mejor y  que le llevaras camisones de dormir, fruta,  pañuelos y las otras gafas- Yo le di las gracias porque me evitó otra llamada con la consiguiente espera, pero me quede pensando que si le preguntaba, seguro que me sabía contestar todo lo que me decía mi novio, en aquel tiempo ferviente enamorado. No le pregunté, pero desde entonces me pareció notar que siempre que nos encontrábamos  me sonreía de una forma pícara como diciendo -¡Hay que ver lo que te dijo anoche!-

Otra vez, un chico del pueblo me hizo unos versos alusivos a mi nombre y me los leyó por teléfono. Nada mas colgar, me llamó la telefonista  para decirme que ella sabía, de muy buena tinta, que este chico tenía una novia  en Las Palmas, con el mismo nombre que yo, dándome a entender que o bien yo no era la musa inspiradora o que el susodicho galán mataba dos pájaros de un tiro. Yo creo que fueron las dos cosas ¿Te acuerdas de eso, chico de mi pueblo?.

1 comentario:

Moisés dijo...

Me gustan tus historias, Conchi, un beso.