domingo, 14 de febrero de 2010

Hipocondria

Yo la conozco, alguno de ustedes también, pero la llamaremos María para evitar suspicacias. Cada día, a la hora de hacer la digestión, le da un infarto, bueno, para ser más exactos, un día, si y otro, no; eso es lo que ella dice y librete Dios de aventurar tímidamente: ¿No serán gases? porque defenderá su ataque cardiaco a capa y espada y

te recitará todos los síntomas que, para su mal y el de los suyos, escuchó en un programa de  televisión a un médico que los enumeraba. Tampoco se te ocurra recordarle que le pasa todos los días  y que, sin embargo, sigue vivita y coleando porque afirmará rotundamente que esta vez no se equivoca. “¡Virgen de Candelaria que malita estoy y nadie me hace caso!”  No es diabética, ni hipertensa, pero tiene y usa, con regularidad, un aparato para medir la tensión y otro para medir el azúcar . Últimamente dice que tiene agua en la cabeza, que cuando se mueve rápido nota como se voltea, y hace que sus sufridos parientes acerquen el oído  para que escuchen el borboteo mientras los mira con ansiedad, ellos, que la conocen y no quieren pasarse el día con la oreja pegada, dicen que si, que algo raro se oye, entonces se relaja y ya no le importa que tan grave sea, ni de que enfermedad sea síntoma. Cuando pase un rato empezará a buscar en su organismo algo que no funcione o que no suene como debiera. Si amigos,  porque ella oye sus pulmones, su hígado y hasta sus huesos, porque la osteoporosis que sufre siempre, según ella, “hace que suenen como palitos”. No le aconsejes que vaya al médico porque te dirá “ ¡Qué sabrán ellos de mi cuerpo mi niña! Si ellos le mandan a todo el mundo lo mismo”. Se va a la calle y viene sabiendo un montón de cosas sobre enfermedades raras y en un máximo de veinticuatro horas ya las padece.

Los suyos  temen estar mucho tiempo a su lado porque sólo habla de eso, bueno y de las telenovelas, las ve todas y, lo que es peor, las cuenta hilo por pabilo y me temo que también las mezcla porque no pueden existir unos guionistas tan maquiavélicos y morbosos como para crear esas tramas  que ella relata. Sus sueños, claro, son sobre enfermedades o accidentes. Hace poco se despertó contando que se le habían salido los ojos, rebotaron en la alfombra y ella, como la cosa más natural del  mundo, los llevo al baño, los lavó y se los puso otra vez. “¿Y cómo fuiste al baño si no podías ver?” Le pregunto su nieta, “¡Y yo que sé, mi niña! Estaba muy asustada como para pensar en esas tonterías. Ahora bien, si se presenta algún viaje, una boda o un bautizo, se emperifolla, coge los tacones, la cartera y ojos que te vieron ir, pero eso si, cuando regresa, nada más meter la llave en la puerta, las dolencias correspondientes a esa hora  del día  salen a recibirla y cuando se esta desvistiendo, ya esté sola o acompañada,  los  enumera en voz alta, suspira profundamente, casi con satisfacción. Creo que ese momento corresponde a lo que sentimos los demás cuando llegamos a casa y nos quitamos los zapatos. Seguro que cuando lea estas líneas me llamará para preguntarme “¿Conchita, quién es esa maniática?  Porque ella antes reconocerá ser el Dalai Lama   que una hipocondríaca.

2 comentarios:

Moisés dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Moisés dijo...

Hay muchos que tienen a Santa Salud en un altar, y todas las noches le ponen unas velitas, pero esta santa, no sabe de horarios ni de días, se va cuando le da la gana, porque mucho que tú te empeñes en que se quede. Besos.