Helechos y riscos, tabaibas, veroles, musgos, tuneras, sobre todo muchos riscos, que los niños de la casa traíamos dando todos los viajes que hiciera falta, incansables e ilusionados. Después había que traer tierra, piedras pequeñas para delimitar el rio, arena para el desierto… era lo que se necesitaba para hacer el nacimiento, se hacía uno en cada casa, más grande o más pequeño según el espacio de que se dispusiera. Con anterioridad, el día de santa Lucia, plantábamos trigo en cajas de conserva, había que plantarlo ese día para que a la hora de hacer el nacimiento estuviera lo bastante crecido como para formar con ellos los sembrados donde trabajaban los agricultores, que también y no sé por qué, se les llamaba pastores. El pueblo entero olía a Navidad,
como ya no teníamos clase las calles eran un hervidero de niños jugando y corriendo.
Estaba el día de ir a buscar los helechos, que era día de fiesta para todos, íbamos a la Pasadilla, o al barranco del Draguillo, acompañados de mayores que eran los encargados de subir a los sitios peligrosos y resbaladizos, donde estaban los helechos más bonitos que se cogían con una plancha de tierra para que se conservaran frescos y bonitos durante todas Las Navidades. Salíamos desde por la mañana temprano y comíamos allí, esa era otra de las cosas que hacían ese día tan especial y volvíamos al atardecer: los mayores destrozados y los niños con la misma energía que cuando salimos. Hace unos días, recordando estas cosas con Eulalia, una amiga de la infancia, me dijo ella: “¿Te acuerdas de lo buenos que estaban los galletones Tamarán con mantequilla?” Esa era una de las viandas que solíamos llevar. En todas las casas había alguien encargado de colocar los riscos para darle forma, solía ser en vertical, el artífice del de mi casa era mi primo Pepe, poseedor de una imaginación congénita y desbordante. Después nos dejaba poner algunas figuras, con lo cual se podía dar el caso de que colocáramos casitas en lo alto de montañas impracticables o de que un pastor cuidara cerdos más grandes que él. Cada día, el primero de la casa en levantarse tenía el privilegio de mover un pasito a los Reyes Magos en su camino hacia el pesebre, que el día cinco, antes de acostarnos, tenían que estar a los pies del niño; así que los citados Reyes pasaban, sin más preámbulo, del caliente desierto a los helechos, el musgo y los fértiles campos de trigo. Recuerdo que algunas familias hacían nacimientos que eran verdaderas obras de arte y mantenían su casa abierta durante toda la Navidad para que todo el que quisiera pudiera entrar a verlo. En el Ejido estaban los de Severita, de Lela la panadera, de Anita la de la perfumería, de las Quintanas; en el Puente estaban el de las hijas de Juanito Marcial y el de Josefita Caballero y ya cerca de la iglesia, estaba el de Eloisita la de Pepito Díaz, cerca de la rueda, al lado de el molino de Francisco Castellano.
El de Lela era artesanía pura: los cuerpos de todas las figuras eran carozos a los que dotaba de piernas, brazos y cabezas de trapo, les pintaba la cara y los vestía, les hacía sombreros, capas, lo que necesitaran. Una pastora llevaba una cesta con panitos de verdad y otra, un quesito minúsculo que se podía comer y, no me pregunten cómo, pero el río corría y los molinos se movían. Tengo que recordar que las figuras tenían un tamaño de quince o veinte centímetros y que cada año les hacía vestidos nuevos. Lela tenía una voz muy dulce y una sonrisa fácil, iba narrando los acontecimientos que se representaban en el nacimiento: “Esto es cuando llegaron con la burrita y no encontraban posada” y así todo. Las Quintanas también lo explicaban pero con menos detalle.
Que bonita me parece esa época de mi vida, sin más preocupaciones que las de correr y jugar todo el día.
martes, 16 de diciembre de 2008
lunes, 1 de diciembre de 2008
El que las quiera que las compre
Conocer a una mujer es una difícil tarea. No es imposible, pero casi. Por ejemplo, si una mujer dice “no” es muy posible, casi seguro que quiere decir “si”. Si te dice que está gorda no se te ocurra de ninguna manera admitirlo, hay cosas que solo las pueden afirmar ellas. Cosas del tipo …“mi hermana es una antipática, este vestido no me favorece, que gorda estoy”…. Disimula. Haz como que no has oído nada, porque digas lo que digas habrás errado.
Antes, cuando te pedían permiso para besarte, estabas obligada por normas de educación familiar a decir que no. Pero eso no quería decir, de ninguna manera, que te negaras a recibir la tan ansiada caricia. Quería decir por ejemplo, …”insiste un poco más, róbamelo, no tienes por que tomar mis palabras al pie de la letra” …, cualquier cosa menos no.
Desconfía si te dicen “quiero que me des tu más sincera opinión”… Cuando una mujer dice eso es que ella ya ha formado la suya propia y cualquier respuesta contraria a su forma de pensar le dará un gran disgusto.
Otra de las cosas que tienen que tener en cuenta los hombres es cuando sus esposas o novias les dicen: …”Este año, que los Reyes no me dejen nada porque hemos tenido muchos gastos, prométemelo”… Prométeselo pero por nada del mundo dejes de comprarle un buen regalo, porque éste es uno de los casos más flagrantes de que dicen “No” pero quieren decir “Si”, y tu tienes que ser lo suficientemente sagaz como para entenderla. De lo contrario el rencor le durará meses. ¡Ah! Y si protesta de dientes afuera, no se te ocurra decirle que te costó baratísimo, porque todas las mujeres adoramos las rebajas, pero no la noche de Reyes junto a nuestros zapatos y con nuestro nombre.
Ellos son más simples. Dicen si o no cuando procede. Cuidado, no estoy poniendo mal al sexo femenino, ni por tontos a los hombres. A igual coeficiente de inteligencia nosotras somos más listas, más espabiladas, las cogemos todas al vuelo.
Por otro lado, no mandes jamás a un hombre a buscar algo. No lo encontrará aunque lo tenga delante de las narices, y nunca, ni por encima de su cadáver, reconocerá que no lo encuentra, dirá una y mil veces que no está. Sea el objeto buscado del tamaño de una pelota de tenis o de un televisor. No se que pasará por sus mentes pero encontrar no encuentran nada, creo que va en su genética.
Pero detalles aparte, hay que ver lo bien que nos complementamos…
Antes, cuando te pedían permiso para besarte, estabas obligada por normas de educación familiar a decir que no. Pero eso no quería decir, de ninguna manera, que te negaras a recibir la tan ansiada caricia. Quería decir por ejemplo, …”insiste un poco más, róbamelo, no tienes por que tomar mis palabras al pie de la letra” …, cualquier cosa menos no.
Desconfía si te dicen “quiero que me des tu más sincera opinión”… Cuando una mujer dice eso es que ella ya ha formado la suya propia y cualquier respuesta contraria a su forma de pensar le dará un gran disgusto.
Otra de las cosas que tienen que tener en cuenta los hombres es cuando sus esposas o novias les dicen: …”Este año, que los Reyes no me dejen nada porque hemos tenido muchos gastos, prométemelo”… Prométeselo pero por nada del mundo dejes de comprarle un buen regalo, porque éste es uno de los casos más flagrantes de que dicen “No” pero quieren decir “Si”, y tu tienes que ser lo suficientemente sagaz como para entenderla. De lo contrario el rencor le durará meses. ¡Ah! Y si protesta de dientes afuera, no se te ocurra decirle que te costó baratísimo, porque todas las mujeres adoramos las rebajas, pero no la noche de Reyes junto a nuestros zapatos y con nuestro nombre.
Ellos son más simples. Dicen si o no cuando procede. Cuidado, no estoy poniendo mal al sexo femenino, ni por tontos a los hombres. A igual coeficiente de inteligencia nosotras somos más listas, más espabiladas, las cogemos todas al vuelo.
Por otro lado, no mandes jamás a un hombre a buscar algo. No lo encontrará aunque lo tenga delante de las narices, y nunca, ni por encima de su cadáver, reconocerá que no lo encuentra, dirá una y mil veces que no está. Sea el objeto buscado del tamaño de una pelota de tenis o de un televisor. No se que pasará por sus mentes pero encontrar no encuentran nada, creo que va en su genética.
Pero detalles aparte, hay que ver lo bien que nos complementamos…
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El que las quiera que las compre
Confidencias
Coma ya les dije, tengo un no se qué, que mueve a la gente a contarme cosas. Eso me pasa en todo lugar, pero sobre todo los taxistas son mis confidentes. Yo me subo al taxi, es un suponer, en Tomás Morales y antes de que llegue a las Salesianas, ya me están contando su vida y milagros. A un señor le dije: lléveme al 45 de León y Castillo, un poquito antes o un poco después, según le convenga a usted. Él calló un momento y luego me dijo: llevo más de treinta años casao y fuera muy malo si no quisiera a mi mujer, pero oiga, fuerte incordio que está mi mujer. Ella me dice: llévame al mercado y la tengo que dejar en la misma puerta, ni cuatro metros antes ni un metro después. Porque le aprieta la faja, le duelen los pies, ¡Fuerte la calor!, ¡la hora que es!. Te dije que a las once y son las y diez. ¡Oh! Fíjense Ustedes si es o no es que hace veinte años pusimos una casetilla en “Las Coloras” y todavía ella extraña la cama, no puede dormir. Pero que vamos a hacer si es que no se amaña y si alguna vez estamos allí y se relaja y hasta se sonríe (que una vez pasó) cuando yo la miro, enseguida pone cara de enfadá, que no piense yo que está disfrutando. Que bien sabe Dios que cuando ella viene, lo hace por mi. Pero como una es así de “sacrificá” y le gusta tener contentos a “toos” los demás. Fuerte cruz Señor la que hay que llevar. Pero que va a hacer si es que no “se amaña”, como su casita “pa” ella no hay “ná”. “Sentá” en su sillón, los pies estiraos y viendo lo que le echan en televisión. A ella le da igual, los conoce a “toos” con pelo y señal.
Un día pensé que si no quiere ir ella, que no vaya, pero yo si voy, faltaría más y desde entonces ya no vamos más, eso es lo que cree, porque yo todas las noches, cuando le doy la recaudación, aparto un pisquito y de cada diez días no trabajo dos.
Salgo con las claras y vuelvo a dormir, y cuando vuelvo a mi casa le doy las perrillas que tengo “ahorrás”. Eso sí, tengo que ponerme el gorro y las mangas bajas porque es más lista y más “desconfiá”. Con lo que a mi me gusta una marea baja, una “marisquiá”. O un día de pesca “metío” en el agua hasta la cintura sin pensar en “ná” y unos roncitos al soco la mar jugando a la zanga. Si pesco algo le digo: muchacha, que pasé por casa Carmelo y tenía unos pulpos y unos “burgaillos pa” hacer un arroz y me dijo: llévale a “Sionita” estos dos o tres. ¡Ah! Y me pego unas siestas en la cama grande, con las patas “estirás”, en la que ella no se amaña.
Alguna vez dice: “chacho”, la caseta aquella vamos a venderla y le digo, quieta ahí “pará”, que no pide pan ni pagamos agua ni “lectricidá” y cuando pase el tiempo se valorará. Pero eso sí, si ella me vende el chamizo me bajo del taxi y no trabajo más, me quedo con ella “sentao” en el sofá hasta que la muerte nos venga a buscar y de paso conozco a los de la tele de los que ella me habla y yo no se “ná”.
Un día pensé que si no quiere ir ella, que no vaya, pero yo si voy, faltaría más y desde entonces ya no vamos más, eso es lo que cree, porque yo todas las noches, cuando le doy la recaudación, aparto un pisquito y de cada diez días no trabajo dos.
Salgo con las claras y vuelvo a dormir, y cuando vuelvo a mi casa le doy las perrillas que tengo “ahorrás”. Eso sí, tengo que ponerme el gorro y las mangas bajas porque es más lista y más “desconfiá”. Con lo que a mi me gusta una marea baja, una “marisquiá”. O un día de pesca “metío” en el agua hasta la cintura sin pensar en “ná” y unos roncitos al soco la mar jugando a la zanga. Si pesco algo le digo: muchacha, que pasé por casa Carmelo y tenía unos pulpos y unos “burgaillos pa” hacer un arroz y me dijo: llévale a “Sionita” estos dos o tres. ¡Ah! Y me pego unas siestas en la cama grande, con las patas “estirás”, en la que ella no se amaña.
Alguna vez dice: “chacho”, la caseta aquella vamos a venderla y le digo, quieta ahí “pará”, que no pide pan ni pagamos agua ni “lectricidá” y cuando pase el tiempo se valorará. Pero eso sí, si ella me vende el chamizo me bajo del taxi y no trabajo más, me quedo con ella “sentao” en el sofá hasta que la muerte nos venga a buscar y de paso conozco a los de la tele de los que ella me habla y yo no se “ná”.
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