lunes, 17 de febrero de 2014

Enemérito

El día que nació Enemérito su madre no estaba en casa, había salido al mercado. Esto fue un contratiempo para el niño, porque claro, él tenia todo su ajuar lavado y planchado en su casa, pero allí, en el suelo del mercado, no había ni un mal paño limpio para envolverlo. El cordón para atarle la tripita lo aporto un estudiante que los acababa de comprar para sus deportivas. Entonces una chica guapísima y con un cuerpazo se quito la falda larga que llevaba para envolverlo, dejando al descubierto unas piernas esculturales e interminables. De hay le vino seguramente a Enemérito la afición por las faldas que le duro toda la vida. Este gesto hizo que todas las miradas masculinas pasaran del sanguinolento y tirando a horrible bebe a las ya ponderadas piernas de la donante de falda. El más joven de los presentes, con la testosterona a borbotones, saliéndole humo por las orejas, se aventuro a decir: “Deberías quitarte también la blusa para abrigarlo antes de envolverlo en la falda, porque sabido es que los bebes cuando salen del útero materno, notan mucho el cambio de temperatura”. La niña, cooperadora ella y a sabiendas de que cuanta menos ropa llevara más popular se haría, empezó a desabrocharse la camisa, pero entonces una señora mayor, con la simpatía y la inoportunidad que nos caracteriza, dijo: “No, déjalo, yo le dejo mi rebequita que es de lana mas calentita ¿Verdad?”. La idea fue acogida con una sonrisa agradecida de la madre y la mirada de odio eterno del colectivo masculino, sobre todo del adolescente hirviente. Cuando el padre llego a la casa a la hora de la comida, tuvo muy a mal la poca puntualidad del niño, sobre todo porque era extremadamente celoso y la verdad, que su mujer hubiera estado abierta de piernas y que todo el que pasara pudiera asomarse a su intimidad como si de una tienda en rebajas se tratara, no le gustó nada, pero nada. Enemérito vivió su infancia bajo el estigma de su nacimiento, fregado por el suelo del mercado y sin un mal pañal que llevarse a sus partes pudendas. Pues esto que parece un detalle sin importancia, si que la tuvo, porque todo el vecindario conoció y comentó lo escaso de sus atributos masculinos. Ya siendo púber dos grandes acontecimientos llegaron a su vida, el despertar al sexo y el acné, que calló sobre él como una avalancha, cubriéndole la cara, la espalda y hasta las orejas. Hechos incompatibles porque ¿quién iba a querer acercarse a una cara llena de granos?, además era flaco, largo, difícil de querer. Pasó la adolescencia pensando que el mundo entero estaba contra él, rodeado de niñas lindas, lozanas e intocables. A la hora de ganarse la vida no encontraba trabajo que le acomodara. Como querer, querría ser espejo de probador, pero él no tenía hada madrina como Cenicienta que le convirtiera ahora en caballo, ahora en zapatito de cristal. Además, ver sin tocar durante toda la vida debía ser desesperante. Tampoco le importaría ser calibrador de tetas : “A ver, esta está un poco mas floja, si, si, si, esta está un poco mejor, pero no se descuide pásese por aquí de vez en cuando”, pero esa profesión no existía. Tampoco estaría mal ser ginecólogo, pero para eso había que estudiar mucho. Al final la casualidad decidió por él, pues una tarde, presenció un accidente de coche. Se arrimó y cuando los sanitarios preguntaron él dijo que la señora herida era su madre y la acompaño a la clínica. Ella estaba en coma y él se quedó, aprendió a hacer curas, a poner inyecciones, hacía lo que fuera y todos tan contentos. ¿Por qué era tan colaborador este pobre chico que teniendo a su madre tan grave, se preocupaba tanto de ayudar a los demás? El personal del hospital se acostumbró a verlo en todas partes y como le hacía ilusión ponerse una bata blanca se la prestaron, bueno le prestaron una, pero él en una salida se compró dos más para el cambio y unos zuecos y así, por reírse, se hizo bordar en el bolsillo: “Enemérito Auxiliar” ¡Que gracioso era este chico¡ ¿Pues no llevaba ahora en la bata “Eneméterio A .T S.” ? Total el trabajo de que le bordaran las batas nuevas. El personal que le conocía desde que su madre entró en el hospital ya ni se acordaba de que era una broma, ¡ayudaba tanto ese niño!, siempre estaba dispuesto a hacer una guardia y además no las cobraba. Cuando murió su madre, quedo heredero universal mediante un trabajito de un falsificador que había estado tres meses en el hospital y del que, previo conocimiento de sus habilidades, Enemérito se había convertido en ángel de la guarda , ¡era tan bueno ese muchacho, feo, si, muy feo, pero tan cariñoso y tan atento! Y ya de paso ¿no podía Vicente hacerle también un titulo universitario? “Claro faltaría más, lo que tú quieras, anda que no tengo yo cosas que agradecerte” Ahora era el doctor Enemérito. Una vez obtenido título y hérnica, de pronto todo el mundo se dio cuenta de que guapo, guapo no era, pero, tampoco tan feo. Se casó. Sí, como lo oyen, y no era fea ni antipática la esposa, solo era una chica pobre que deseaba salir de las miserias de su casa paterna. Tuvo hijos y aprovechando que su amigo falsificador aún tenía la vista bien y el pulso firme, decidió hacerse abogado y luego, ya por méritos propios, fue alcalde de la ciudad. Pero ya se sabe, la vida de los políticos es tan estresante: Que si comisiones por autorías que nadie necesitaba, que si sobornos para que me dejes hacer aquí a la orilla de la marea ,donde rompen las olas ,un hotelito de nada, solo cinco mil camas con su SPA, su campito de golf, ¡pero chiquitito¡…Seguro que los isleños no se dan ni cuenta... que si donde meto tanto dinero, que si las bolsas de plástico ahora las hacen tan malas, que nada más que metes un montón de millones van y se rompen, que si me tendré que buscar otros paraísos fiscales además de Suiza, ¡Qué estrés señor, qué estrés! Así que un día, en sus paseos preelectorales, visitó el mercado y ¡Oh, destino aciago¡ cuando estaba allí, en la plenitud de la vida, diciendo mentiras, sonriente y triunfador, de pronto… dolor precordial, ahogos, el brazo, el brazo, cayó fulminado por un infarto agudo de miocardio… Pero esta vez vestido de Armani, con camisa hecha a la medida, calzoncillos de Kelvin Klein y zapatos de Hugo Boss.

1 comentario:

Olga Margot dijo...

¡Buenísimp Conchi! yo diría que hasta real. ¿Cierto?. Mejor dejarlo ahí... Besos.