jueves, 19 de julio de 2012

Campanas

En Ingenio nacimos mis hermanos y yo. Allí se casaron mis padres, bautizaron a todos sus hijos y, corriendo el tiempo, también allí nos casamos todos los hermanos; bueno, no todos, el mayor se casó en Telde, y el más pequeño, en Málaga. Aparte de las misas, las novenas, los primeros viernes, la Semana Santa, con su interminable sermón de las siete palabras, que mi madre nos obligaba a oír por la radio y después en vivo y en directo en la iglesia, aparte de eso, entre mis recuerdos relacionados con el culto está el paso por las calles del Santo Viático. Cuando alguien estaba muy enfermo llamaban al cura para que le administrara los últimos sacramentos: entonces, mientras todos estaban en sus quehaceres, sonaba sin parar una campanilla que anunciaba el paso del Santísimo. A la campana seguía el cura con un monaguillo a cada lado, portando unos faroles; a su paso todos, estuvieran donde estuvieran se arrodillaban y rezaban por los enfermos. Yo, como no sabía las oraciones, sólo movía los labios y estaba deseando que pasara rápido, porque los picones se me clavaban en las rodillas. Las mujeres desocupadas en ese momento se unían al cortejo para interesarse por el enfermo y recoger información que luego compartían con las que, por uno u otro motivo, no pudieron ir ellas mismas a indagar.

Todavía hoy, pasados tantos años, añoro el toque de las campanas llamando a misa. Tocaban tres veces, y según vivieras de lejos o de cerca de la iglesia, podías salir de tu casa al primero, segundo o tercer toque. Cuando sonaba este último se decía “están dejando a misa”, y era el momento de salir corriendo o “no la alcanzabas”. Volvían a tocar a las doce “El Ángelus”. En la calle los hombres se quitaban el cachorro y las mujeres se santiguaban. En mi casa se rezaba una oración alusiva a la Anunciación, los que trabajaban las tierras fuera del pueblo sabían que era la hora de volver a casa a comer, los niños salíamos de la escuela en tropel, y en un momento el puente se llenaba de chicos y chicas que aprovechábamos para darnos cartitas y recados, pues la tiranía de los niños con los niños y las niñas con los niñas nada podía contra la naturaleza, y todas sabíamos quién le gustaba a quién, y nos buscábamos rápidamente con los ojos y la sonrisa puesta. Al atardecer se oían de nuevo las campanas; el toque de oración era al “solpuesto”, todos sabemos que eso quiere decir alrededor de las siete. Entonces los niños volvíamos corriendo a casa, y si alguien se retrasaba no pasaba nada, su madre se asomaba a la puerta, siempre abierta, y al primero que pasaba le decía “si ves a mi hija, dile que si no viene ahora mismo la voy a buscar”. Pero por su cabeza no pasaba salir de su casa: sabía que ésa era amenaza suficiente para que el retrasado saliera corriendo y llegara asfixiadito. Esas campanadas llevaban también a los novios a casa de sus novias, pero sólo si era jueves o sábado, que eran los días socialmente correctos. Mi madre nos contaba que se moceaba (así se decía) con una máquina de coser entre los dos (la máquina no era imprescindible, se podía cambiar por cualquier otro mueble que tuviera las medidas necesarias para impedir como fuera menester el mas mínimo roce entre ellos). La madre, mientras, se sentaba enfrente. ¡Ah! Y tenía, además, la facultad de, cuando lo considerara oportuno, decirles “¡chiquillos, hablen más alto que no se entiende nada!”. Aunque pudiera parecerlo, esto no es mentira ni exageración; todo esto hacía que los novios de esa generación llegaran al tálamo nupcial como ya se imaginarán ustedes, subiéndose por las paredes.

El último toque era el de ánimas, eso era ya muy tarde, al menos a mí me lo parecía. Echaba a los novios, llamaba a todos a casa... Ese toque me parecía triste, me atemorizaba un poco. En Semana Santa, como el Señor estaba muerto, no se podía tocar las campanas; entonces los monaguillos pasaban por las calles tocando la matraca, así se llamaba, que las sustituía. Muchas veces, recordando todo eso, me vienen a la memoria los versos de Gabriel y Galán: “¿somos los hombres de hoy aquellos niños de antaño?”.

2 comentarios:

Olga Margot dijo...

Me gusta Conchi. Por tu originalidad, sencillez y realidad. Besos

Moisés dijo...

Ingenio tiene muchas cosas interesantes, un pueblo tranquilo y lleno de sorpresas.