sábado, 18 de diciembre de 2010

Eran Navidades

La calle se llenaba de niños, que locos de contentos, corríamos y saltábamos, como si no tuviéramos más que un día para divertirnos. No había deberes, ni obligaciones para después de las vacaciones. En las tiendas, ¡pobres tiendas!, no había adornos que indicaran la fecha, no había preparativos, ni cartas a los Reyes Magos. Con que nos echaran algo, lo que fuera, ya estábamos contentos y, como además nos hacían creer a pies juntillas que los Reyes eran Magos, venían de Oriente y no tenían nada que ver con la situación económica de las familias, se producían las situaciones más tristes del mundo, por ejemplo, cuando al hijo del boticario, que era el más presumido y el más mataperros del pueblo, le traían un montón de cosas, mientras que a otros niños que eran más, pero mucho más buenos, y en cuya casa no había casi para comer, no les traían nada.

Un niño de entonces que ya no está con nosotros, le decía indignado al cura, Don Andrés de la Nuez: “No es verdad que haya que ser bueno, no hace falta ser bueno” y en represalia, se hinchaba a comer sopas o leche con gofio, antes de ir a tomar la comunión, que eso entonces era considerado un sacrilegio, porque había que guardar ayuno desde la noche anterior.

Hasta que un día su madre se encontró en la calle al señor cura y, este le dijo: “Hay que ver qué bueno es su hijo mayor, que todos los domingos comulga” La madre no dijo nada, pero se fue corriendo a su casa, a tirarle de las orejas al descreído niño y lo amenazó con que el cura lo excomulgaría si se enteraba, pero yo sé de buena tinta que no hizo ni caso, porque era más cómodo su método de no ayuno.

A consecuencia de ese drástico ayuno yo me mareaba algunas veces, pocas, pero como descubrí que enseguida dos o tres de mis amigas, me sacaban en volandas a la plaza, y ya nos quedábamos allí al fresco, risas vienen y risas van, hasta que terminaba la misa, pues como que me aficioné a marearme casi todos los domingos, hasta que mi madre pensó en llevarme al médico no fuera que estuviese anémica y a partir de entonces, poco a poco, ya me fui mejorando, pero en Semana Santa tenía fuertes recaídas, sobre todo el día del sermón de las siete palabras.

Conocí a una madre soltera de entonces, que eran consideradas casi como forajidas, que a su niño, Luis, le puso por reyes unas botas que le quedaban grandísimas, casi no podía andar con ellas, tenía que arrastrar los pies y, pasados unos días, las recogía y amorosamente las untaba con grasa, las guardaba envueltas en trozos de tela y el cinco de enero del año siguiente se las volvía a poner, con la consiguiente alegría del niño y, así, todos los años hasta que llegaban a ser de su talla, cuando ya no tenía objeto guardarlas porque era hijo único.

Cuando supe del poema de Miguel Hernández, Las abarcas desiertas, lloré a mares, no por mi infancia, sino por otras muy tristes que había conocido.


Por el cinco de enero,

cada enero ponía

mi calzado cabrero

a la ventana fría.


Y encontraba los días

que derriban las puertas,

mis abarcas vacías,

mis abarcas desiertas.


Nunca tuve zapatos,

ni trajes, ni palabras:

siempre tuve regatos,

siempre penas y cabras.


Me vistió la pobreza,

me lamió el cuerpo el rio

y del pie a la cabeza

pasto fui del rocío.


Por el cinco de enero,

para el seis, yo quería

que fuera el mundo entero

una juguetería.


Y al andar la alborada

removiendo las huertas,

mis abarcas sin nada,

mis abarcas desiertas.


Ningún rey coronado

tuvo pie, tuvo gana

para ver el calzado

de mi pobre ventana.


Toda gente de trono,

toda gente de botas

se rió con encono

de mis abarcas rotas.


Rabie de llanto, hasta

cubrir de sal mi piel,

por un mundo de pasta

y unos hombres de miel.


Por el cinco de enero

de la majada mía

mi calzado cabrero

a la escarcha salía.


Y hacia el seis, mis miradas

hallaban en sus puertas

mis abarcas heladas,

mis abarcas desiertas.

2 comentarios:

Moisés dijo...

Quizás si no hubiera cinco de enero, ni veinticinco de diciembre (fun,fun,fun), estaríamos hablando de otra cosa. Nos hemos acostumbrado a que, en estas fiestas, hay que regalar a toda costa, cuando en verdad deberíamos hacer otra cosa.

pancho dijo...

Linda la historia de las botas y el recuerdo del ayuno antes de comulgar. Solo de pensarlo me entraban unas ganas incontrolables de comer. Mis mejores deseos de felicidad no solo en estas fiestas, mejor que sean para siempre.