domingo, 19 de julio de 2009

Verano

Ayer, mientras estaba sentada en la arena de las Canteras, por Playa Chica, pude observar varias situaciones que no por repetidas dejan de ser graciosas.
Una abuela de unos sesenta años, se multiplicaba por tres para atender y cuidar a dos nietas, una de cinco años y otra de dieciséis meses.

Las edades no las supe por iluminación divina, sino porque a pocos minutos de mi llegada, ya había entrado en franca conversación con la abuela y al cuarto de hora ya sabíamos tantas cosas la una de la otra, como si hubiéramos nacido puerta con puerta. La señora era de las mías, de las que piensa que Dios nos puso en el mundo para comunicarnos los unos con los otros, por lo tanto, comuniquémonos. La pequeña era tan inquieta, que para que la abuela le pusiera crema protectora, yo la tuve que sujetar tipo camisa de fuerza, mientras ninguna de las dos quitábamos ojo a la de cinco años, que en cualquier familia podía ser la pequeña pero que en este caso era la mayor, con todas las complicaciones y pérdida de derechos obtenidos que la progenitura conlleva, pues eso, la hermana se comportaba como lo que era, una niña  pequeñísima de cinco años que no le teme a nada, que  se mete marea adentro como si estuviera en el cuarto de estar de su casa y que cuando un vecino de toalla quiso ayudarnos, metiéndole miedo, y le dijo no te metas más que hay medusas, ella sacudiéndose el pelo y mirándonos para saber si contaba con nuestro apoyo dijo: “No hay y además se llaman “aguas vivas”, no pelusas”. Una de las cosas que me dijo la abuela  con aire soñador y como si en ese momento estuviera en el Tíbet, fue: “¡Es que a mí me gustaba tanto la playa porque yo nací en la Puntilla! Nos miramos de  abuela a abuela y  yo le dije: “Peor que no tener tiempo ni para saber que estas en la playa, es no tener nietos que cuidar o tenerlos lejos como yo”. Nos separamos, no sin que yo le preguntara antes: “¿Y tú, vienes siempre por aquí?” Buscaba un reducto para cuando la añoranza de mis nietos me asalte con más virulencia.

Unos metros más allá estaba una madre joven con dos gemelos, con los que luchaba a brazo partido para que se comieran una  papilla, que sería muy alimenticia y seguro que hecha con todo el cariño del mundo, pero que de verdad tenía un aspecto ciertamente poco  apetitoso. Entonces pasó un ruidoso helicóptero y uno de los niños, que por su edad no estaba muy al tanto de las distintos nombres de los aparatos voladores, empezó a manotear y a decir a gritos: “Avión, tráeme  un hermanito, avión, tráeme un hermanito”  Al mismo tiempo la mamá, con una mirada furibunda y como si de verdad creyera  que el inocente mensaje podía aumentar la natalidad en su familia decía: “Avión ni se ocurra, ni se te ocurra”. Yo mientras, sonreía  con el  aplomo y la seguridad del que sabe que la vida es una montaña  y que para bien o para mal, más para mal, tú ya estas arriba y ellos  aun tienen que  escalar laderas. Seguí  mi exploración playera y me encontré con tres adolescentes, uno de ellos me pregunto la hora y yo se la  di, no sin antes contarle que esa misma mañana le había pegado tremenda “estallaera”  contra la pared, y “miren como se me quedó” A lo que los tres contestaran a coro que: “lo que importa es que siga andando”, mientras  sonreían de oreja a oreja. Como me sentí acogida me senté un rato y  tuve ocasión de aprender algunas cosas  de ellos. A todo esto ya era casi la una,  extendí la vista y  vi que la población humana y la de cacharritos de plástico,  aumentaba por minutos por lo cual me despedí de mis nuevos amigos Yeray, Josué y Francis y cogí camino para mi nido vacío.

sábado, 11 de julio de 2009

Nietadas

Mi nieta Carla, cinco años: “Papá, Papá, hoy he visto  un ‘escalestri”

Papá: “¿Has visto a unos niños jugando con un scalextric?”

Carla: “No, he visto un “escalestri” de verdad”

Papá: “Pero cariño, si aquí en Murcia no hay scalextric”

Carla: “Si, papi, he visto a uno de esos que son hombres pero quieren ser mujeres”.

 

Carla: “Papá, ¿sabes que se murió Michael Jackson?  ¡Con lo bien que cantaba!” 

Papá: “Si hija, lo sé, pero tú no lo conoces, no lo has oído cantar nunca” 

Carla: “Si, papi, ¿No te acuerdas?: el chiki, chiki, el cruzaito, el Michael  Jackson

 

Abuela: “Carla, ven a comer, ¿quieres  lomo?”

Carla: “¿Qué es eso?”

Abuela: “¿Qué no sabes lo que es? Seguro que tu madre te lo habrá dado un montón de veces”

Carla: “Es que tú sabes, abuelita, la tienda del lomo le queda muy

lejos a mi mamá”

 

Mi nieto  Fulgen, siete años, entra corriendo en el cuarto de estar:

“Mamá Conchi, mamá Conchi,  Carla ha dicho cojones”

Carla: “No, no,  yo no dije eso”

Fulgen: “¿Qué dijiste?

Carla: “Dije “jones”,  no, no, dije “Homer Simpson”, el padre de Lisa, ¿es que no lo conoces, mamá Conchi?” 

domingo, 5 de julio de 2009

Las Giras

Estaba yo pensando lo que digo muchas veces, lo distinto que era todo cuando los de mi quinta éramos niños. Entonces hacer una gira, como entonces se decía, a la playa para pasar parte del día había que prepararla con por lo menos una semana de antelación, dicha semana era para nosotros días de alegría y de ilusión.
En mi casa había la costumbre de ir a pasar el día de la Raza a la playa de Ojos de Garza, que dicho sea de paso nunca supe por que le habían puesto un nombre tan bonito a un lugar tan poco agraciado, y no digo feo, porque son palabras mayores y seguro que mucha gente no piensa lo mismo. Las familias de Ingenio veraneábamos en Gando, pero para los días sueltos íbamos a Ojos de Garza por la única razón de que el coche nos dejaba allí, no llegaba a Gando.
La noche anterior no dormíamos por miedo a que se nos escapara el coche de hora de las seis de la mañana. Este coche cuando venía de Las Palmas paraba en el Ejido, frente a mi casa y luego subía hasta El Cuarto, mientras subía y bajaba teníamos que sacar todos las cosas que habíamos preparado que eran innumerables porque en la playa no había ni donde comprar un fosforo, pan, fruta, agua, la comida que se había estado planeando durante días, algo de enyesque, bebida para los mayores y Clipper de fresa para los niños, el termo con el café, las tazas, las cucharitas, el azúcar, en fin, de todo. También había que llevar la gueldera para poder pescar nosotros, las cañas y atarecos para mi padre , un balde para la pesca, la vara para coger morenas por si la marea estaba baja, cuchillos para mariscar, la fisga por si los pulpos, algo para coger erizos y nada de cremas solares, que no se conocían, ni bronceadores, ni hamacas, ni la nevera esa azul que hoy tiene todo el mundo, ni zapatillas para el agua, nosotros nos quitábamos el calzado al llegar y nos lo poníamos cuando ya estaba todo recogido después de meternos en el agua para quitarnos la arena. Esa especie de despedida con el agua y la arena la prolongábamos todo lo que podíamos.
Cuando llegábamos a la playa, locos de contento, alguno de nosotros, libre de paquetes, corría delante para coger un buen solapón por la parte rocosa de la playa, entre Ojos de Garza y Los Rajones, y tomaba posesión de la manera más ostentosa que pudiera, no dejando la más mínima duda de que nosotros habíamos llegado primero. Entonces quitábamos las piedras que pudieran estorbar a la hora de la siesta, luego barríamos con una escoba de palma, que también habíamos llevado, baldeábamos con agua del mar y cuando ya estaba como los chorros de oro, sentábamos nuestros reales. Por cierto ¿alguien ha visto los chorros esos? No, yo por informarme. Pasábamos un día maravilloso del que estaríamos hablando otra semana y a media. Por la tarde, a recoger todo otra vez y corriendo a ponernos en la carretera a esperar el coche de hora, aunque sin los nervios de por la mañana porque sabíamos que Remigio, el conductor que también nos trajo y tenía trece hijos, no nos iba a dejar allí, nos esperaría un rato si fuera necesario. Él, que era muy bromista, decía que cuando llevaba a su esposa Cesarita y a su prole a alguna de esas giras, que también podían tener otro destino, antes de poner el coche en marcha para regresar, pasaba lista no se le fuera a quedar alguno en tierra con el barullo.
¿Y qué hace falta preparar hoy si se te ocurre ir a pasar el día a la playa? Yo te lo diré, nada, absolutamente nada, allí donde vayas habrá de todo. Los bañadores, tu coche que lo tendrás a la puerta o en el garaje, las toallas y la tarjeta de crédito, eso es todo lo que necesitas. Con la tarjeta podrás comer, echarte el aperitivo y hasta comprarte una caña de pescar, o mejor aún, ni te molestes, cuando decidas regresar pásate por alguna superficie comercial como se dice ahora y cómprate un par de hermosas viejas, fresquitas. Todo eso contando con que puedas mover a tus hijos de delante del televisor o la videoconsola y llevártelos contigo.
Pero la ilusión de los preparativos, la espera del día deseado, el participar todos en todo, la alegría y las canciones en el coche de hora, la emoción de bañarte en el mar después de meses de desearlo, eso, eso se ha perdido.