Muchas veces, más de las que quisiera oigo hablar, incluso a personas inteligentes y formadas, de lo que llaman “Marujas” y lo que de verdad me duele es que lo hagan despectivamente. Comentan horrorizadas que se les está poniendo el pelo de “Maruja” o que no encuentran ropa que no sea de “Maruja”.
No se dan cuenta de que sólo con suerte, con muchísima suerte, ellas también lo serán algún día. En una ocasión oí a Eduardo Punset una cosa muy acertada, decía que nadie quiere ser viejo pero que ante la otra alternativa… O como decía Cervantes, cuando el autor de la segunda parte del Quijote lo tachaba de manco y de viejo: “¡Cómo si mi manquedad hubiera nacido de una taberna o cómo si en mi mano estuviera detener el tiempo y que por mí no pasara!
¿Es que piensan ustedes que nunca van a necesitar un tiente para el pelo y que cuando llegue la menopausia no se van a ensanchar y se tendrán que vestir a como dé lugar, o sea de Marujas como cualquier hija de vecina? Pues siento mucho desengañarlas, pero les pasará, por muy modernas e intelectuales que sean ustedes hoy, les pasara. Es genética no hay quien pueda con ella. Pero lo que de verdad me da pena es que menosprecien a unas personas que han dado su vida por ellas, ocupándose de todo para que sean lo que son. Si ser “Maruja” es tener hijos, quererlos más que a mi vida y trabajar como siete para sacarlos adelante, yo confieso llena de orgullo que soy más “Maruja” que nadie. Por favor, como dicen los niños hoy, me la pido, que nadie me quite el puesto.
miércoles, 20 de mayo de 2009
viernes, 15 de mayo de 2009
Envejecer con espíritu alegre
“Vivir no es solo existir, sino existir y crear, saber gozar y sufrir y no dormir sin soñar”. Después de estas frases del extraordinario medico y maravilloso ser humano que fue el doctor Don Gregorio Marañón, todo lo que yo pueda decir no serán más que tonterías pero me encanta comunicarme con la gente por lo tanto no me resisto.
La edad no es un obstáculo en nuestras relaciones, muchas personas de la tercera edad adquieren nuevos conocimientos, hacen amigos y encuentran un nuevo sabor a la vida. Yo me inscribo en cuantos cursos puedan interesarme. Me encanta estar con jóvenes de apenas veinte o treinta años que me tratan de tú y no dudan en comentar conmigo cualquier tema.
Hay que desechar el mito de que aprender es solo cosa de gente joven. Hay muchas personas que no se dejan atrapar por la rutina. Si quieres siempre hay cosas que pueden interesarte. Aprendemos por ejemplo, que contrariamente a lo que solemos pensar en la juventud, la gente que nos rodea no está a favor ni en contra nuestra sino preocupados por sus propios problemas.
Si queremos seguir aprendiendo es imprescindible la motivación, la curiosidad y el entusiasmo. Algunas personas afortunadamente para ellas, siguen conservando estas cualidades durante toda su vida. En algún sitio leí que no seremos felices si nos resignamos a ser un manojo de dolencias y agravios frente al mundo.
Hay que levantarse todos los días pensando todas las cosas que podemos hacer todavía y no en las que ya no podemos hacer. Recordemos que Cervantes escribió EL QUIJOTE cuando casi tenía sesenta años. En cambio hay quien llega agotado a la mitad de su vida. Han perdido la capacidad de sorprenderse. Se dejan atrapar en el desaliento.
No seas de esos. Si quieres siempre puedes encontrar algo que te interese. Haz una lista con todo lo que te hubiera gustado hacer y por lo que fuera no pudiste. Escoge algunas y ¡Hazlas, pero hazlas ya¡
El científico Santiago Grisolía, que fue uno de los llamémosle descubridores del Genoma Humano, es actualmente presidente de La Fundación Valenciana de Estudios e Investigación Avanzados, y tiene ochenta seis años, nació 1923.
Ellos son unos genios. Pero modestamente, dentro de nuestras posibilidades, se pueden hacer muchas cosas teniendo un montón de años o nada teniendo cuarenta.
¡En tu mano está, decídete!
No te sientes a un lado del camino a esperar la muerte. Que cuando venga a por ti tenga que buscarte a lo largo de ese camino. Porque tú estás haciendo un montón de cosas, en un montón de sitios. Cánsala, dale trabajo, que no le sea fácil la tarea.
La edad no es un obstáculo en nuestras relaciones, muchas personas de la tercera edad adquieren nuevos conocimientos, hacen amigos y encuentran un nuevo sabor a la vida. Yo me inscribo en cuantos cursos puedan interesarme. Me encanta estar con jóvenes de apenas veinte o treinta años que me tratan de tú y no dudan en comentar conmigo cualquier tema.
Hay que desechar el mito de que aprender es solo cosa de gente joven. Hay muchas personas que no se dejan atrapar por la rutina. Si quieres siempre hay cosas que pueden interesarte. Aprendemos por ejemplo, que contrariamente a lo que solemos pensar en la juventud, la gente que nos rodea no está a favor ni en contra nuestra sino preocupados por sus propios problemas.
Si queremos seguir aprendiendo es imprescindible la motivación, la curiosidad y el entusiasmo. Algunas personas afortunadamente para ellas, siguen conservando estas cualidades durante toda su vida. En algún sitio leí que no seremos felices si nos resignamos a ser un manojo de dolencias y agravios frente al mundo.
Hay que levantarse todos los días pensando todas las cosas que podemos hacer todavía y no en las que ya no podemos hacer. Recordemos que Cervantes escribió EL QUIJOTE cuando casi tenía sesenta años. En cambio hay quien llega agotado a la mitad de su vida. Han perdido la capacidad de sorprenderse. Se dejan atrapar en el desaliento.
No seas de esos. Si quieres siempre puedes encontrar algo que te interese. Haz una lista con todo lo que te hubiera gustado hacer y por lo que fuera no pudiste. Escoge algunas y ¡Hazlas, pero hazlas ya¡
El científico Santiago Grisolía, que fue uno de los llamémosle descubridores del Genoma Humano, es actualmente presidente de La Fundación Valenciana de Estudios e Investigación Avanzados, y tiene ochenta seis años, nació 1923.
Ellos son unos genios. Pero modestamente, dentro de nuestras posibilidades, se pueden hacer muchas cosas teniendo un montón de años o nada teniendo cuarenta.
¡En tu mano está, decídete!
No te sientes a un lado del camino a esperar la muerte. Que cuando venga a por ti tenga que buscarte a lo largo de ese camino. Porque tú estás haciendo un montón de cosas, en un montón de sitios. Cánsala, dale trabajo, que no le sea fácil la tarea.
lunes, 4 de mayo de 2009
Madres e hijas
El doctor Rómulo se inclinó sobre la cama, la enferma abrió los ojos ávidamente, los tenía llenos de lágrimas, había sufrido un ataque cardiaco horas antes, agarró el brazo del médico: -¡Por favor, llame a mi hija!,vivo sola. Ella es la única familia que tengo ,por favor llámela inmediatamente- El teléfono estaba en la hoja de ingreso , llamó.
-Soy el doctor Rómulo, su madre ha sufrido un ligero ataque cardiaco –
-¡No!- gritó ella -¡no la deje morir!. Usted no comprende, mi madre y yo siempre discutimos por todo, hace un año que no nos hablamos, lo último que le dije fue “te odio” ¡Consérvela con vida por Dios! Salgo para allá ahora mismo, estaré ahí en unas horas-
¡Dios mío, haz que esta madre y su hija puedan perdonarse!
Las relaciones son a veces tan frágiles, pero pueden remendarse, dales tiempo.
Había pasado mas de una hora, sonó el indicador de parada cardiaca, corrió a la habitación, trató de reanimarla, la puerta se abrió de golpe, entraron el personal y los medios de urgencias, tubos en la boca, inyecciones, las paletas para dar el shock eléctrico al corazón, nada… nada…
Al salir del cuarto vio que el médico, que había estado tratando de reanimar a la fallecida, tenía cogida por los brazos a la que parecía ser su hija porque se derrumbaba.
El doctor Rómulo la cogió de las manos, se sentaron juntos, le dijo -¡lo siento tanto! Pero sus palabras sonaron huecas, insuficientes, incluso a él. Ella le dijo -¿Sabe doctor? Nunca la odie, la quería. Quiero verla- La acompañó hasta la cama y salió al pasillo para dejarla llorar, cuando una joven enfermera se acerco a él y le dijo -Oye ¿sabes si ya acabó la pureta con mi grabadora?- Entró corriendo, estaba encima de la mesilla de noche, la puso en marcha: “Queridísima hija, te perdono, espero que tú a mí también, siempre te he querido como tú a mí, lo sé, pero ¡nos parecíamos tanto! Éramos tan cabezotas las dos, siempre estaré a tu lado, tal vez más que antes. Cuéntamelo todo… bueno, sólo lo que quieras contarme”.
El doctor y la hija se abrazaron, ¡Gracias Dios mío, gracias!.
Esa noche el doctor llamó a sus padres sólo para decirles que los quería.
-Soy el doctor Rómulo, su madre ha sufrido un ligero ataque cardiaco –
-¡No!- gritó ella -¡no la deje morir!. Usted no comprende, mi madre y yo siempre discutimos por todo, hace un año que no nos hablamos, lo último que le dije fue “te odio” ¡Consérvela con vida por Dios! Salgo para allá ahora mismo, estaré ahí en unas horas-
¡Dios mío, haz que esta madre y su hija puedan perdonarse!
Las relaciones son a veces tan frágiles, pero pueden remendarse, dales tiempo.
Había pasado mas de una hora, sonó el indicador de parada cardiaca, corrió a la habitación, trató de reanimarla, la puerta se abrió de golpe, entraron el personal y los medios de urgencias, tubos en la boca, inyecciones, las paletas para dar el shock eléctrico al corazón, nada… nada…
Al salir del cuarto vio que el médico, que había estado tratando de reanimar a la fallecida, tenía cogida por los brazos a la que parecía ser su hija porque se derrumbaba.
El doctor Rómulo la cogió de las manos, se sentaron juntos, le dijo -¡lo siento tanto! Pero sus palabras sonaron huecas, insuficientes, incluso a él. Ella le dijo -¿Sabe doctor? Nunca la odie, la quería. Quiero verla- La acompañó hasta la cama y salió al pasillo para dejarla llorar, cuando una joven enfermera se acerco a él y le dijo -Oye ¿sabes si ya acabó la pureta con mi grabadora?- Entró corriendo, estaba encima de la mesilla de noche, la puso en marcha: “Queridísima hija, te perdono, espero que tú a mí también, siempre te he querido como tú a mí, lo sé, pero ¡nos parecíamos tanto! Éramos tan cabezotas las dos, siempre estaré a tu lado, tal vez más que antes. Cuéntamelo todo… bueno, sólo lo que quieras contarme”.
El doctor y la hija se abrazaron, ¡Gracias Dios mío, gracias!.
Esa noche el doctor llamó a sus padres sólo para decirles que los quería.
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