martes, 17 de febrero de 2009

Odisea familiar

Habrá quien escriba relatos sobre viajes a la Conchinchina, a Persia, a la Patagonia, yo también podría sobre algunos viajes que hice al extranjero, pero lo que la palabra viajes trae a mi corazón y me hace sonreír y emocionarme son los que durante muchos años, cuando mis seis hijos eran pequeños, hicimos desde Las Palmas de Gran Canaria hasta el pueblo donde había nacido mi marido y a donde fuimos todos los años hasta que fallecieron sus padres.

Recuerdo los preparativos, los nervios que precedían al viaje. Íbamos en barco hasta Cádiz o Málaga con un Peugeot familiar con tres filas de asientos que teníamos. Nos duchábamos antes de bajar del barco preparándonos para el viaje en coche. Entonces, con la alegría y vitalidad que sólo los niños pueden sentir y trasmitir, no le dábamos importancia a los trámites de la aduana, que entonces consistían en abrirte todas las maletas y bolsos que llevaras, que en nuestro caso, tratándose de ocho personas que iban a pasar un mes fuera ya se pueden imaginar cuantos sería.

Luego tenía que hacer filigranas para volver a cerrarlas, pues no es lo mismo hacerlas en casa, con todo dobladito y calculando, que cada cosa cabe en cada sitio, que rehacerlas cuando aquellos señores habían metido las manos sin importarles que encima del mostrador quedaran incolocables los sujetadores y las bragas y no por ejemplo, ese vestido tan bonito que alguna de las niñas aún no había estrenado.

Pasado el primer escollo íbamos a comer “cositas buenas” como decían ellos que solía ser: pescadito frito, gambitas, almejas. Después al coche, no sin antes repetir a coro las normas: no pelearse, no molestar a los otros, cabemos todos, no se empujen, si quieren orinar o vomitar díganlo con tiempo…

¡Ah!, se me olvidaba decirles que también llevábamos un perro, nuestro querido Suky, que era el que más cómodamente viajaba, pues iba echado a mis pies, lejos del seísmo de los asientos traseros. Al poco tiempo, los más pequeños se dormían y todos los demás cantábamos el repertorio de canciones de coche, como ellos decían, luego, adivinanzas, cuentos. Según ellos se rendían yo podía ir relajándome en mi misión de animadora, que realizaba por el mismo sueldo que los de cocinera, enfermera, planchadora, encargada del economato, esposa y madre amantísima. De vez en cuando, parábamos para que el perro hiciera sus cosas. Entonces mis hijos y yo corríamos con él, mi marido aprovechaba para estirar las piernas alrededor del coche, no podía alejarse mucho porque llevábamos equipaje hasta en el parabrisas. Cuando parábamos para comer, tomar café o comprar agua en las ventas que había en la carretera, los niños salían en estampida a subirse a los columpios como si fuera el primero y el único que habían visto en su vida.

Aprendían geografía por osmosis: conocían montañas, ríos, llanos y bosques de tanto pasar por ellos. Tardábamos dos días en llegar al pueblo que estaba en Murcia a unos seiscientos kilómetros.

Cuando parábamos para hacer noche existía un ritual: cuando ya teníamos las llaves de los cuartos, el tercero de mis hijos y yo íbamos a uno de ellos, deshacíamos la cama que el iba a ocupar y la volvíamos a hacer con unas sábanas y una pequeña almohada que yo había traído de allen de los mares en un viejo bolso color vino, conocido como el bolso de las sabanas. Él era incapaz de dormir en unas sábanas que no fueran nuestras, aunque las del alojamiento crujieran de limpias y planchadas.

Al atardecer del segundo día llegábamos a Alcantarilla, que era el pueblo más cercano a nuestro destino, entrábamos a algún sitio, merendábamos, nos lavábamos, nos poníamos ropa limpia y subíamos rápidamente al coche para llegar en cinco minutos, a ver y, sobre todo, a sorprender a los abuelos que sabían que llegaríamos, pero no cuándo.

Ahora que todos son grandes y viajan por su cuenta, me gustaría mucho que un amanecer saliéramos otra vez, todo juntos, para repetir nuestra Odisea familiar.

Soy canaria de nacimiento y murciana, de sentimientos pues tengo allí seis nietos ya que dos de mis hijos, desde pequeños, conocieron y, pasados otros tantos viajes, se enamoraron y se casaron allí.


Cuando llegamos al pueblo todo eran risas y alegría, ¡Qué guapos, qué mayores!,

claro, los abuelos eran peninsulares sino dirían: ¡Qué pilganuos, fuerte cosa linda!

La casa era enorme: en la planta baja estaba la farmacia de mi suegro, el comedor, la cocina, el cuarto de estar, otro comedor mas pequeño, un patio grandísimo con flores y plantas, un galán de noche que perfumaba toda la calle y que aún hoy, cuando percibo ese olor, pienso … ¡Hum!… ¡Qué huele a Murcia!. Además, había otro patio trasero donde criaban conejos y gallinas y que claro, los niños no sabían que luego nos los comíamos en el exquisito e inigualable arroz que hacía la abuela. En la planta alta había un montón de dormitorios, dos baños y un desván donde a mis hijos les gustaba buscar y encontraban de todo acompañados de su tío más pequeño, que tenía unos diez años más que ellos. Y desde ese desván, que él solo tenía unas dimensiones como las de un piso grande de los de ahora, se pasaba al terrado, llamado por nosotros azotea, donde tendíamos la ropa a ese sol inmisericorde de esas tierras en verano que la secaba tan rápidamente, que cuando terminabas de tenderla casi podías empezar a recogerla. Cuando el sol se iba, solíamos juntarnos allí las mujeres de la casa, pues mis cuñadas acudían también a la reunión anual no convocada, pero a la que todos asistíamos. Allí no parábamos de reír, no sé si por la edad que teníamos, que todo nos parecía gracioso o porque de verdad lo eran nuestros relatos.

Para los niños mientras, se abrían las puertas del paraíso ,no paraban de entrar y salir y nadie les preguntaba nunca a dónde vas o de dónde vienes. En el patio había bicicletas viejas y herrumbientas para sus correrías y el perro de la casa, Toni, un perro grande y viejo que los acompañaba siempre.

Conocían a todos los vecinos del pueblo por sus apodos a los que todos respondían como si de su nombre de pila se tratara: el Locuras, el Perdío, el Marqués y claro, los apodos se heredaban como los apellidos, el hijo del Locuras, la nuera del Perdío, aunque en este caso, ella, por méritos propios, también hubiera podido acceder a lo que entonces se llamaba una perdida y que ahora se llama una ligona o … Si el tiempo lima montañas, no iba a limar el apelativo de un quítame allá esas bragas.

Mi hijo mayor, amante incondicional de los animales, venía muchas veces diciendo: “¡Vengan corriendo que hay un caballo (o un toro o una mula ) tiraos!” Para él, si un animal estaba solo, aunque estuviera en un recinto vallado, estaba tirado y enseguida quería que lo adoptáramos. Le decíamos: “ Si no tenemos donde ponerlo”, “en el trastero, en el trastero” decía él. Hoy ecologista a muerte, se horrorizaría sólo de imaginarse al pobre animal metido en un cuarto de tres metros cuadrados.

Otra vez vino casi llorando porque habían tirado un viejito. Lo acompañé y era un señor mayor que estaba durmiendo la siesta debajo de una higuera y que cuando nos acercamos nos ofreció higos que había cogido con la fresca de la mañana. Yo, que saben ustedes que soy una alegantina y mi hijo que se me parece, nos quedamos tanto tiempo allí que la familia ya estaba pensando en organizar una cuadrilla de búsqueda.

Mi suegro, hombre cabal donde los hubiera, era el farmacéutico del pueblo pero también hacía las veces de médico, pues el titular sólo venía dos veces a la semana. Eso era considerado normal entonces. A cualquier hora del día o de la noche venían a buscarlo. También era partero y acudía presuroso después de farfullar algunas quejas, pero librara Dios a nadie que no fuera a consultarlo primero a él. Recorría el pueblo en un 600 que nunca llevaba al taller. Si se le caía el retrovisor, cogía un rollo de esparadrapo de la farmacia y estaba dándole vueltas hasta que quedara tan fuerte que pudiera colgarse él mismo Si eran las puertas las que no cerraban, esparadrapo al canto. Si perdía agua, un garrafón, al portabultos.

De todas esas correrías y madrugones, el abuelo no cobraba nada. ¿Cómo iba a hacerlo si todos eran hermanos de alguien, o primos de no se quién, si el otro había hecho la mili con él y al de más allá lo había ayudado a venir al mundo? ¿ Y acaso no los conocía a todos uno por uno y no eran ellos los que le llenaban la casa de frutas, verduras y matanzas, y en Navidad, de almendrados, pasteles de gloria, nevaditos y toda suerte de dulces caseros y deliciosos a los que él era adicto?

Todos los días, después de comer y cenar, su santa esposa le preparaba un tazón de chocolate caliente, que habría hecho temblar a los dietistas de hoy, pero que a él le sentaba de maravilla.

No le gustaba comer fuera porque decía que no se quedaba satisfecho, que le faltaba algo. No decía qué, pero en la cabeza de todos nosotros estaba su nombre y apellidos: Chocolate Calentito y Dulce.

Mis hijos se bañaban en el río Segura a su paso por el pueblo, en una zona muy accesible conocida como el “Asul”. Más de una vez se tiraban en bicicleta al agua, como su padre les contaba que hacía él de pequeño, sólo que ellos decían que se habían caído y nadie les creía claro, pero no se lo decíamos, total ya sabemos que los hijos más que obedecer imitan.

viernes, 6 de febrero de 2009

Los juguetes de mi infancia

Hace unos días, mientras realizaba una tarea tan prosaica y poco creativa como emparejar calcetines, recordaba que cuando yo era pequeña todas las madres tenían el encargo de no tirar los calcetines y las medias viejas, eran materia prima imprescindible para las pelotas que se fabricaban los chicos de la casa. Había verdaderos maestros en este quehacer. Provistos de verguillas y alicates fabricaban coches, camiones, molinos; también jugaban al boliche, a la tiradera, que consistía en una rama y un trozo de elástico que provenía una vez más de la cesta de costura de la madre, tía o abuela. Las niñas salíamos con un trozo de plato o una tiza para jugar a la numera, o nos hacíamos las casitas con piedras y, usando la imaginación, conseguíamos el material necesario para fabricar el menaje doméstico. Como no teníamos conciencia ecológica y no sabíamos entonces que las plantas autóctonas podían extinguirse, les encargábamos, a los que subían a la medianía, veroles y con ellos, nos hacíamos calderitos, con su tapa y todo, lecheras, platos... Yo, además, devoraba cuentos de hadas. Mis hermanos y yo tuvimos la suerte inmensa de nacer y criarnos entre Ingenio y

Gando. Mis hermanos mayores y sus amigos jugaban interminables partidos de fútbol en mitad de la calle de José Antonio Primo de Rivera, porque los vehículos eran pocos y ruidosos y el peligro de atropello, nulo. Íbamos a la escuela con una maletita de cartón, yo conservo la MÍA como oro en paño, la cartilla, una libreta, y ya como demostración de poderío económico, un afilador y una goma, pero si no teníamos, la maestra nos los dejaba, eran de dominio común y estaban en su mesa, sólo que había que esperar a que te tocara, pero como tampoco sabíamos de prisas y el estrés todavía no se había inventado, nos daba igual. Más tarde llevaríamos también el Catecismo y el Libro de Primeras Lecturas y, pasado el tiempo, llevaríamos la enciclopedia Dalmau Carlas que contenía, en un solo tomo, todos los conocimientos necesarios para aprobar el ingreso al bachillerato. Una persona muy allegada me decía, una vez bromeando, que él sabía más cuando hizo el ingreso al instituto que cuando terminó la carrera, hasta tal punto era completa la Dalmau. Los textos del libro Primeras Lecturas eran tristísimas, como el de la niña que no teniendo en casa nada que comer, sin decírselo a nadie y en un arrebato de generosidad bastante extraño en una niña de cinco años, lleva su muñeca a empeñar, pero digo yo: “¿Con esa edad se podía ir sola a esos sitios?, es más, ¿se sabía que existían?” El dueño de la casa de empeños, al que cuenta su historia, se compadece de ella, le devuelve su muñeca, le regala un duro y se convierte, desde entonces, en el ángel protector de su familia. Y a estas historias se le sumaba el miedo que nos metía el cura con el infierno en sus visitas semanales. Era tan estricto el cura con sus premoniciones que un día después de estar una hora en la escuela de mí madre explicando lo que era pecado, dijo de pronto: “A ver Carmelo, ¿qué es pecado?” A lo que el niño temblando contestó: “Todo lo que uno hace, señor cura” Pues, con todo ese bagaje de optimismo, salíamos a la calle bastante preocupados, pero a mi me duraba poco, pues mi escuela estaba en la ladera y cuando en cuatro saltos llegaba al cuarto ya se me había olvidado. Lo que yo daría por saltar como entonces, aunque solo fuera una vez. Llegábamos a la casa, soltábamos la maleta, cogíamos la merienda, un trozo de pan y chocolate, queso, plátanos o conserva, así se conocían las de membrillo y guayabo, no habían más y si las había nosotros no las conocíamos, y nos íbamos a la calle a jugar sin más limitación que la de volver al sol puesto, así como suena, si tardabas, tu madre se asomaba a la puerta, siempre abierta, y le decía a la primera que pasaba: “si ves a mi hija, dile que si no viene ahora mismo la voy a buscar”, ya ese era el colmo de la demostración de la autoridad materna. Nadie sabía lo que era un pederasta, no había peligro de raptos, ni de violaciones. A veces pienso que es verdad eso que decía Jorge Manrique que “como a nuestro parecer cualquier tiempo pasado fue mejor.”